Este blog esta dedicado a todos los amantes de Yukio Mishima

jueves, 27 de marzo de 2008

Un sábado del mes de enero de 1949, para aprovechar mi libertad, fui a un cine de tercera categoría y barato precio. Después de ver la película deambulé solo por el barrio Shinkyogoku, donde no había vuelto a poner los pies desde hacía una eternidad. En medio del bullicio de la calle descubrí de pronto un rostro que me era conocido; pero lo perdí de vista antes de poderlo identificar: el gentío, detrás de mí, lo envolvió en su torbellino. El hombre llevaba un sombrero blanco, una bufanda y un abrigo de inmejorable corte. Le acompañaba una mujer vestida con una capa deslucida: según toda evidencia, una geisha. Aquella cara rosada y mofletuda, tersa como la de un bebé, tan singular en medio de todas aquellas caras de hombres maduros, aquella nariz larga... sí, desde luego eran las facciones del Prior, pero muertas, de algún modo, por el sombrero de fieltro.
Yo no tenía ningún motivo para sentirme avergonzado. Sin embargo, mi reflejo fue de temor —el temor de haber sido visto. Porque inmediatamente presentí que debía evitar ser el que sorprendía las escapadas clandestinas del Prior, ser un testigo, evitar entre él y yo todo vínculo tácito de confianza y de desconfianza.
En este momento pasó un perro negro, perdido en medio de la muchedumbre nocturna. Era un perro de aguas, acostumbrado, al parecer, a circular por las negras regiones del mundo ya que se deslizaba hábilmente entre las piernas de los transeúntes, multitud donde se codeaban en tropel uniformes militares y trajes femeninos de vivos colores. De vez en cuando se paraba frente a una tienda. Delante del almacén de «souvenirs» Shogoin Yatsuhashi, que no había cambiado desde tiempos lejanos, el perro husmeó alguna cosa. Pude ver su cabeza a la luz de la tienda: era tuerto, y en el ángulo de su ojo reventado, humor y sangre coagulada formaban un poso de color ágata. El ojo intacto tenía la mirada fija en el suelo. Los pelos de su dorso estaban erizados formando una dura arista.
¿Qué había de interesante en aquel perro para captar mi atención de tal modo? No lo sé. ¿Quizá porque transportaba obstinadamente consigo, a lo largo de su vagabundeo, un mundo totalmente distinto al de aquella calle animada y llena de luz? El universo a través del cual él caminaba era el oscuro reino del olfato, que superaba el universo humano de las calles, donde lenguas eléctricas, majaderías moldeadas por los altavoces, explosiones de risa, todo estaba amenazado por oscuros y tenaces olores. Porque éstos se organizaban según un orden más riguroso, y el olor a orines pegado a las húmedas patas del perro se aliaba rigurosamente a ligera fetidez que emanaba de los órganos y vísceras humanas.
Hacía mucho frío. Un grupo de gente joven que seguramente vivía —no había más que verlos— del estraperlo, bajaba por la calle «desplumando» al pasar los pequeños abetos del Año Nuevo que aún no habían sido retirados de algunos portales. Jugaban a ver quién cogería más cosas con sus manos enguantadas de cuero nuevo: uno no llevaba más que algunas agujas de pino, otro llevaba una ramita entera. Se alejaron en medio de sus estallidos de risa.
Me di cuenta de que estaba siguiendo al perro. Por un momento creía haberle perdido de vista, pero reapareció. Dobló hacia una calle perpendicular a la de Kawaramachi y así fue como yo desemboqué en la acera de la gran arteria. Aquí había un poco más de oscuridad que en el barrio Shinkygoku. La silueta del perro desapareció. Yo me paré, mirando a todos lados, luego seguí avanzando hasta un extremo de la calle, siempre en busca del perro. En este momento, un reluciente coche de alquiler se paró delante de mí. El chófer abrió la puerta, una mujer se deslizó en su interior. Inconscientemente, yo la miré. Un hombre se disponía a subir tras ella cuando, de pronto, viéndome, se quedó clavado en su sitio.
Era el Prior. ¿Por qué azar volvía a encontrarle aquí, después de habérmelo encontrado hacía un instante, ya que debía haber dado un rodeo con la muchacha? No sé nada. Lo cierto es que era él, como ella era la mujer de antes, con su capa deslustrada.
Esta vez era imposible evitarle. Pasmado, yo no podía pronunciar una palabra, una ebullición de sonidos farfullantes se produjo dentro de mi boca antes de que pudiera proferir uno solo. Finalmente, me comporté de un modo inesperado —incluso para mí—, absolutamente sin relación con lo que estaba pasando: me puse a sonreír mirando al Prior.
No puedo explicarme esta sonrisa: llegaba de fuera y de repente se pegó, por así decirlo, a mis labios. Pero al verme reír, el Prior cambió de expresión: «¡Imbécil! ¿Es que intentabas espiarme?», me espetó colérico. Luego me volvió la espalda con desprecio, saltó al interior del coche y cerró la puerta de golpe. Cuando el coche se hubo alejado tuve el presentimiento, como una súbita iluminación, de que el Prior ya me había visto en la calle Shinkyogotu: no había ninguna duda.
Al día siguiente me esperaba una severa reprimenda. Pero también será, me decía, una excelente ocasión para explicarme. Nada ocurrió; como al siguiente día del asunto de la prostituta pisoteada, comenzó el suplicio del silencio.
En medio de todo esto recibí otra carta de mi madre. Al final había el estribillo de siempre: «Vivo sólo esperando el día en que tendré la alegría de verte a la cabeza del Rokuonji»...
«...¡Imbécil! ¿Es que intentabas espiarme?» Cuanto más pensaba en la exclamación del Prior más la encontraba desplazada. Si hubiese tenido, como un verdadero sacerdote Zen, un poco más de sentido del humor y de soltura de espíritu no habría apostrofado a un acólito de modo tan vulgar; le habría lanzado algunos acerados, vigorosos y eficaces dardos... Lo que estaba dicho, dicho quedaba. Pero yo seguí convencido de que aquella entristecedora manifestación de cólera se le había escapado al padre Dósen en un momento de pánico; equivocándose respecto a mis intenciones, creyó que en mí obraba la intención deliberada de espiarle y acabó interpretando mi mofa como la expresión de mi contento por haberle descubierto.
Sea lo que fuere, su silencio me llenó de una inquietud que cada día se hacía más pesada. La simple existencia del Prior llegó a adquirir una tremenda fuerza, semejante a la de una mariposa nocturna que describe círculos frente a los ojos de uno y le extenúa.
Cuando el Prior era llamado fuera del templo para algún servicio religioso, la regla exigía que fuese acompañado por uno o dos sirvientes. Antes le acompañaba siempre su ayudan te, pero desde hacía algún tiempo, bajo pretexto de democratización, se habían establecido unos turnos: el ayudante, el diácono, yo, y después cada uno de los otros dos acólitos. El «prefecto del dormitorio común», hombre cuya severidad era proverbial, había muerto, víctima de la guerra: —fue el prior ayudante —cuarenta y cinco años— quien desempeñó este servicio. En cuanto a los acólitos, el vacío que dejó la muerte de Tsurukawa fue inmediatamente cubierto.
El Prior de un templo que pertenecía como nosotros a la secta Sokokuji, y por tanto con el mismo pasado y la misma tradición que nosotros, acababa de morir. A la ceremonia de entronización del nuevo Prior había sido invitado el nuestro y me tocaba a mí acompañarle.
Como él no había manifestado ninguna oposición, yo contaba que en el viaje de ida o vuelta tendría tiempo para darle explicaciones. Pero a la víspera supe que un recién llegado sería nuestro ayudante y las esperanzas que ya había puesto en el viaje se vieron de un solo golpe casi esfumadas.
Los que estén familiarizados con la literatura Cazan recordarán seguramente el discurso pronunciado el primer año de la era Kóan por Ishimuro Zenkyu, con ocasión de instalarse en el templo Manju de Kyoto. Nosotros hemos conservado las admirables palabras que pronunció en el momento de su llegada al templo, después ante el Gran Santuario, en la sala de la Tierra, en la de los Antepasados y en fin, en su apartamento de Bonzo-Prior. Señalando con el índice a la Gran Portada, con el corazón rebosando gozo por asumir sus nuevas funciones, dijo con altivez: «En las profundidades del Recinto Celeste, frente a la Puerta Eterna del Divino Palacio, las manos vacías hago correr los cerrojos, con los pies con desnudos escalo el Konron sagrado...».
La quema de incienso comenzó por el «Shihoko» en homenaje a la memoria del Maestro Shiho. Antiguamente, cuando el Zen no era todavía esclavo de la rutina, en tiempos en que lo que sobre todo contaba era la perpetuación del «despertar espiritual» del individuo, no era el maestro el que escogía a su discípulo, sino al revés. El discípulo recibía la «investidura» no solamente del maestro del cual era deudor, sino de muchos otros. Y era durante la ceremonia del Shihoko que él hacía público el nombre del maestro de la doctrina a la cual tenía intención de consagrarse en cuerpo y alma.
Mientras seguía con los ojos el imponente despliegue del rito del incienso me preguntaba perplejo si, llegado el momento de pasar a la cabeza del Rokuonji y de proceder a la misma ceremonia, me sacrificaría a la costumbre y nombraría al Prior o si, rompiendo una tradición siete veces secular, daría otro nombre... Aquella tarde de precoz primavera, el frío del apartamento del Prior, aquel fluctuante olor de cinco perfumes, los fuegos de la diadema detrás de los Tres Utensilios, la deslumbrante gloria en torno al Gran ídolo, las vivas estolas de los bonzos alineados... ¿Y si un día me tocara a mí presidir aquella ceremonia?... De este modo me abandonaba yo a los sueños... Me figuraba verme entronizado... Sí, aquel día, animado por el mordiente de la precoz primavera, yo le jugaba a la tradición una mala pasada con la mayor gallardía del mundo: la pisoteaba. Los bonzos, sentados en línea sobre las esteras, mudos y pálidos de furor, no daban crédito a sus ojos. No, yo no quería pronunciar el nombre del Prior, y era otro el que acudía a mis labios... ¿Otro? Pero ¿a qué maestro le debía yo mi verdadero despertar espiritual? ¿Cuál me había convencido para seguir su camino? Su nombre quedó bloqueado en mi boca, no llegó a salir, trabado por mi tartamudez. Porque yo tartamudeaba y, a pesar de todo, un nombre acabó por brotar: «La Belleza»; y luego: «La Nada». Entonces, un inmenso estallido de risas inundó la sala y yo seguía allí, clavado en medio de las risas, como un harapo...
Desperté de mi sueño bruscamente. El Prior tenía que cumplir un rito y como es natural me llamaba para que le asistiese. Para un joven acólito, era motivo de orgullo ser admitido a participar en tal ceremonia; y en mi caso, además, ocurría que de todas las personalidades presentes la primera en dignidad era el maestro del Rokuonji.
Cuando se ha procedido a la quema del incienso, es la norma que el huésped de honor dé un golpe con la aldaba llamada «Aldaba Blanca», testimoniando con ello que el nuevo investido no es «Ganfuto», es decir, «sacerdote impostor». El Prior pronunció la fórmula sacramental: «Vosotros aquí reunidos, oh, mis venerables hermanos, veréis al Príncipe de la Verdad». Después llamó con un golpe, muy fuerte, que resonó por toda la

No hay comentarios: