Este blog esta dedicado a todos los amantes de Yukio Mishima

jueves, 27 de marzo de 2008

no tenía más que dos cosas tenebrosas en el campo que abarcaba su mirada: la noche en el jardín empapado de lluvia y mi rostro.
Pero él no era hombre que se dejase influenciar por esa clase de cosas. Era la primera vez que me veía; pero apenas me vio me dijo que me parecía mucho a mi padre; que la muerte de este último le había afligido profundamente, que yo ya estaba hecho un hombre... Y otras muchas cosas que iba desgranando, inagotablemente, con su voz sonora.
Había en él una simplicidad que no tenía el Prior, una fuerza de la cual mi padre estuvo desprovisto. Rostro curtido, desmesuradas fosas nasales, pliegues de carne doblando la encrespada maleza de las cejas y casi juntándose: se hubiera dicho una máscara de Obeshimi, esos grandes diablos del teatro No. Sus rasgos no eran nada regulares: había en él demasiada fuerza, y esa fuerza, a la menor ocasión, aparecía al desnudo arruinando todo lo que pudiese haber de regular en su rostro. Sus pómulos también surgían abruptos, como aquellas vertiginosas rocas de los pintores chinos de la Escuela meridional.
Con todo eso y con su voz atronadora, había en la persona del padre Zenkai una amabilidad que me alcanzó el fondo del corazón. No era una amabilidad corriente, banal, sino la que una gran raíz de rugosa corteza de un enorme árbol, a la entrada de un pueblo, ofrece a un viajero para que se repose. Una ruda amabilidad.
Yo permanecía atento, con miedo a que en aquella noche capital mi determinación se debilitase al contacto con aquella amabilidad. Por un momento tuve la sospecha de que tal vez el Prior había hecho venir al padre Zenkai por mí; pero era poco probable que le hubiese hecho venir de tan lejos sólo por eso. No; el padre Zenkai no era más que un singular huésped que el azar había traído aquella noche para que fuera testigo ideal del desastre.
El frasco de porcelana, de un tercio de litro, estaba vacío. Yo hice la reverencia ritual y me encaminé a la cocina. Cuando regresé con otro frasco, que había sido calentado hasta su grado conveniente de tibieza, me sentí, en el momento de servir, invadido por una impresión que nunca había conocido. Hasta entonces, nada me había inspirado jamás el deseo de hacerme comprender por los otros; pero esta vez deseaba ser comprendido por el padre Zenkai, sólo por él. Mientras le escanciaba de nuevo el sake, seguramente observó aquella luz distinta —una luz de sinceridad— que había brillado en mis ojos.
—¿Qué opina usted de mí? —le pregunté.
—¡Hombre! Tienes todo el aire de ser un buen estudiante, un estudiante serio. A qué género de disipaciones te dedicas para tu propio capote, eso lo ignoro. Pero dime, eso ya no debe ser como antes: sin duda vosotros no tenéis mucho dinero para dedicarlo a diversiones. Tu padre, el Prior y yo, cuando éramos jóvenes, ¡qué juergas nos corríamos!
—¿Tengo el aire de ser un estudiante como los demás?
—¡Seguro! Y eso es lo mejor... ¡Lo mejor! Porque la gente no sospecha de vosotros.
El padre Zenkai no era nada vanidoso. Los prelados de alto rango tienen todos el mismo defecto: el de negarse, cuando se solicita su sagacidad sobre los más diversos asuntos —desde el carácter de las personas hasta los libros, cuadros, antigüedades diversas—, a formular una opinión decisiva por temor a que luego se burlen de ellos si se han equivocado. Naturalmente, existe también el sacerdote Zen que resuelve la dificultad de inmediato y en forma dogmática, pero se las arregla para decir las cosas de una manera lo bastante imprecisa para que se pueda sacar una conclusión tanto en un sentido como en otro. El padre Zenkai no era de ésos; me daba perfecta cuenta de que él decía las cosas tal como las veía o las sentía. Él no buscaba ningún sentido particular en los objetos que reflejaba su clara y firme pupila. ¿Significaban alguna cosa? ¡Muy bien! ¿Nada? ¡Tanto

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