Este blog esta dedicado a todos los amantes de Yukio Mishima

jueves, 27 de marzo de 2008

cubierto de alfajías, el fénix de bronce dorado tocaba el firmamento de la Larga Noche de Ilusión.
Eso aun no había dejado satisfecho al arquitecto. En el lado oeste del Hósuiin había pegado el pequeño saliente el pabellón de pesca. Se hubiese dicho que el arquitecto juntó toda su fuerza artística para romper el equilibrio. El Sosei oponía a la masa del edificio una resistencia de orden. Pese a que no se adelantaba mucho por encima agua; parecía buir, huir infinitamente, lejos del corazón en el Pabellón de Oro. Como un pájaro elevándose de aquellas estructuras, escapaba a golpe de ala hacia el nivel del estanque hacia todas las cosas bajas de este mundo. Su cometido era tender un puente entre el orden que regía aquel y el mundo que era la negación del orden, como la concupiscencia. Sí, el alma del Pabellón de Oro empezaba en este Sosei tan parecido a un puente roto por la mitad; edificaba inmediatamente el palacio de doble piso, y luego regresaba otra vez al puente derrumbado para huir. Porque la prodigiosa sensualidad que flotaba sobre el estanque era la fuente culta que había construido el Pabellón de Oro. Pero esta fuerza, una vez disciplinada y dentro de la espléndida obra, se había visto en la imposibilidad de permanecer por tiempo en ella; y, no pudiendo hacer otra cosa, se había dado hacia su primera patria, al corazón mismo de los tilos bañados por una infinita sensualidad — hacia el estanque donde se miraba el Sosei.
Cada vez que yo había contemplado las brumas de la madrugada y las nieblas del atardecer estirándose perezosamente por encima de las aguas, me decía: «Aquí es realmente donde yace, sobreabundante, la fuerza sensual que edificó el Pabellón de Oro». No más rivalidades, contradicciones ni desacuerdos: la Belleza hacía reinar la armonía entre las diferentes partes — ¡y de que modo tan soberano! Como un libro sagrado donde minuciosamente; sobre el papel azul oscuro, cada carácter hubiese sido caligrafiado con un baño de purpurina de oro, así también todo eso había sido construido con purpurina de oro sobre el fondo de una inmensa tiniebla. Yo aún no sabía, sin embargo, si la Belleza se confundía con el mismo Pabellón o si era consubstancial a la nada de la noche que envolvía al Pabellón de Oro. Acaso era las dos cosas a la vez. Detalle y conjunto al mismo tiempo, Templo de Oro y noche circundante. Ante esta idea, el enigma que durante tanto tiempo me había atormentado estaba a mitad de camino de su solución. Lo presentía. Al examinar de cerca la belleza de cada detalle —columnas, balaustradas, batientes de las ventanas, puertas de madera labrada, oberturas ornamentadas, techo piramidal... (Hósuiin, Choondó, Kukyochó, Sosei) reflejos del estanque, archipiélago de islotes, pinos e incluso barcas amarradas—, y jamás la Belleza estaba toda incluida en un solo detalle, no terminaba en él; sino que en todos y cada uno se hallaba emboscado, latente, el cebo de la Belleza del detalle siguiente. La belleza de un detalle aislado no era más que una inquietud. Soñando con la perfección pero sin saber dónde terminaba, esa inquietud se veía imantada hacia la belleza vecina, que le era desconocida. Y estas recíprocas llamadas de una belleza que NO EXISTÍA EN NINGUNA PARTE, ni en un detalle ni en otro, era lo que constituía la profunda trama del Pabellón de Oro, que llamaba a la Belleza desde el límite de la no—existencia. ¡La Belleza estaba estructurada de nada! Estas partículas incompletas ocultaban naturalmente un cebo de la nada, y la delicada arquitectura, hecha de la más fina madera, temblaba por una especie de presentimiento de la nada, como tiembla al viento una guirnalda de fiesta.
Eso no impedía que jamás la belleza del Pabellón de Oro hubiese dejado de existir. En todas partes, a través de todos los tiempos, despertaba los más puros ecos. Igual que un enfermo afligido por un constante zumbido en los oídos, en todas partes yo había percibido la música del Pabellón de Oro y me había acostumbrado a ella. A esta belleza

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