Este blog esta dedicado a todos los amantes de Yukio Mishima

jueves, 27 de marzo de 2008

Si dijera que no experimenté una especie de vértigo, sería falso. Yo miraba. Evidentemente. Sin embargo, mi mirada no pasaba de ser la de un testigo. Aquel misterioso punto blanco que desde lo alto de la Puerta Monumental yo había apercibido a lo lejos no tenía nada en común con ese globo de carne de una masa determinada; la impresión había sido demasiado fuerte, demasiado larga la fermentación de mi espíritu para que este seno que ahora tenía ante mis ojos pudiese ser otra cosa más que carne, otra cosa más que un objeto material. Esto no tenía ningún poder de evocación, ni tampoco de envite, Completamente cortado de la vida, simple objeto ofrecido a mi vista, no era más que un testimonio del desierto de la existencia.
No, no quiero mentir, y estoy seguro de haber sido presa del vértigo. Pero la causa estaba, además, en la excesiva tensión de mi mirada, que a fuerza de una implacable inquisición había acabado por ir más allá del justo punto de mira para desposeer a aquel seno de mujer de su cualidad de seno de mujer, para aislarlo y convertirlo en un simple residuo desprovisto de significado.
Entonces fue cuando ocurrió el prodigio. Una calma siguió a aquellos penosos minutos y el seno, lentamente, recobró su esplendor. Estéril como la misma Belleza, impasible como ella, por más que se me ofreciese a la vista, el seno se atrincheró poco a poco tras su secreto esencial: lo mismo hace la rosa, emparedada dentro de su más secreta existencia de rosa. Necesito tiempo para que la Belleza se me revele. Yo voy siempre con retraso con relación a los otros. Ellos descubren al mismo tiempo la belleza y el deseo; en mí, eso ocurre mucho más tarde. Así, en un instante, el seno volvía a atar sus lazos con el conjunto, hacía trascendente la carne, mudada sin duda en substancia insensible, pero incorruptible —ligada de nuevo a lo eterno. Quisiera que se comprendiese bien lo que quiero decir.
Y he aquí que por segunda vez surgió el Templo de Oro. Más bien debería decir que el seno que contemplaba tomó la forma del Templo de Oro.
Me acordé de la noche del tifón, a principios del otoño, y de mi vigilia en el Pabellón de Oro. A pesar del claro de luna que lo cubría, pesadas y suntuosas tinieblas se estancaban en sus salas, detrás de las contraventanas, de la madera de las puertas, bajo los techos donde las hojas de oro se agrietaban. Y era muy natural, puesto que el Pabellón de Oro, en sí, ¿qué era sino estructuras minuciosamente elaboradas, edificadas sobre el no—ser? Lo mismo aquel seno: exteriormente, no era más que carne luminosa, deslumbrante; pero por dentro, lo mismo que el Pabellón, estaba saturado de noche: su substancia, idéntica a la del otro, estaba hecha de pesadas, suntuosas tinieblas.
Que no se diga que fue el desorden de una inteligencia demasiado lúcida. No fue nada de eso. ¡Bien pronto habría de verse burlada mi inteligencia, y pisoteada juntamente —no hace falta decirlo— con el apetito de vivir y el deseo! Sumergido en un profundo y duradero éxtasis permanecí largo tiempo sentado, como paralizado, delante del seno descubierto...
Así fue como, por segunda vez, mi mirada se cruzó con una mirada de mujer glacial y cargada de desprecio. Ella volvió a cubrirse el pecho con el kimono. Yo pedí permiso para retirarme. La mujer me condujo hasta la puerta, que se cerró violentamente detrás de mí.
Permanecí sumergido en el éxtasis hasta llegar a las cercanías del templo. El Pabellón de Oro, el pecho de la mujer, uno tras de otro y dando vueltas, pasaban por delante de mi espíritu. Me llenaba el alma una sensación de alegría impotente.
Pero cuando, a través de los negros troncos de los pinos donde silbaba el viento, se dibujó la puerta exterior del Rokuonji, mi excitación cayó progresivamente, y un sentimiento de impotencia se instaló dentro de mí, la embriaguez se transformó en aversión y sentí crecer un odio cuyo objetivo no sabría precisar.
«De modo que, también esta vez, he sido apartado de la vida», me dije. «¡Otra vez! Pero, ¿por qué quiere protegerme el Pabellón de Oro? ¿Por qué, cuando yo no le pido nada, quiere apartarme de la vida? ¡Sin duda es para salvarme del infierno! Pero haciendo eso me vuelve peor que los que caen en él; hace de mí EL HOMBRE QUE SABE DEL INFIERNO MAS QUE CUALQUIERA.»
...La gran puerta negra dormía. El candil de la puerta baja, que permanecía encendido hasta el toque de la madrugada, iluminaba débilmente. Empujé la puerta, que se abrió con el rechinar de la vieja cadena oxidada que hacía subir las pesas. El portero ya se había acostado. Un anuncio recordaba que, según el reglamento, la última persona en entrar después de las diez debía asegurarse de que las puertas quedaran cerradas. En la tabla de avisos, dos placas con nombres presentaban todavía su anverso: el Prior y el viejo jardinero aún no habían regresado.
Al dirigirme hacia los edificios del templo vi en un almacén, a mi derecha, varios tablones de madera de cinco o seis metros de largo. A pesar de la oscuridad se percibía el color claro. Más cerca distinguí como un semillero de flores de serrín, finas y amarillas; un envolvente olor a madera flotaba en la noche.
Cuando llegué junto al pozo, al extremo del almacén, volví sobre mis pasos para cruzar la cocina. Antes de acostarme necesitaba ver el Pabellón de Oro. Pasé frente al Gran Salón adormecido, delante de la puerta Karamon, buscando mi camino en medio de las sombras.
Le vi. Cercado de sombras rumorosas, entronizado en el seno de la noche y en una inmovilidad absoluta, aunque bien despierto. Como si velara a la misma noche... Es verdad, jamás le había visto dormido, como dormía el resto del templo. Sus estructuras deshabitadas podían pararse sin dormir. Su noche escapaba totalmente a las leyes que rigen a los hombres.
Por primera vez en mi vida le hablé con violencia: en un tono próximo al de la maldición, le lancé a la cara: «Algún día, tú sufrirás mi ley. Sí, para que no te cruces más en mi camino, algún día, cueste lo que cueste, seré tu dueño».
Las aguas negras del estanque repitieron mi voz hasta el fondo de la noche vacía.
CAPÍTULO VII
Todo ocurría como si mi experiencia personal hiciese jugar secretas connivencias. Como en un corredor de espejos donde cada objeto reflejado se repite indefinidamente, las cosas vistas en el pasado se reflejaban en las cosas nuevamente encontradas, y yo tenía la sensación de ser conducido sin saberlo de imagen en imagen hasta las más lejanas profundidades del corredor, a un insondable destierro. No es una brusca colisión lo que nos pone en contacto con nuestro destino. Cuando un hombre está marcado por el patíbulo, se forma en él, en cada instante —de un poste eléctrico, de un paso a nivel hallados todos los días en su trayecto— la imagen del lugar de su suplicio, y esta imagen acaba siéndole familiar.
En lo que me concierne, sin embargo, no puede hablarse de «acumulación». Nada que haga recordar, en efecto, los partos geológicos cuya superposición constituye una montaña. A excepción del Pabellón de Oro, yo no había hecho intimidad con nada en el mundo; ni siquiera de un modo particular con mis propias experiencias. Pero yo sabía que de los elementos sacados de estas experiencias y no engullidos por el sombrío abismo del tiempo, no caídos en la insignificancia de las cosas que se repiten, de todos esos elementos tan menudos iba tejiéndose una odiosa y siniestra tela.
¿Cuáles eran estos elementos? A veces reflexionaba sobre ello. Pero esos pedazos esparcidos y reverberantes, más que cascotes de botella que brillan al borde de un camino, estaban desprovistos de significado, desprovistos de toda virtud de orden, y me resultaba imposible admitir que aquello fuesen los residuos de lo que hacía poco tiempo fue construido como una forma perfectamente hermosa. Puesto que dentro de su misma insignificancia, de su absoluta falta de orden, dentro de su total desamparo de formas feas, todos aquellos elementos parecían soñar con el porvenir. Por muy residuos que fuesen, ahí estaban maravillosamente a sus anchas, relajados, serenos, soñando en el porvenir. Un porvenir sin la sombra de una cicatriz o de una restauración, sin trazas de manos —verdaderamente sin precedentes.
El oleaje de estas reflexiones me comunicaba una especie de excitación lírica, que, según me parecía, a mí no me iba en absoluto. Si la suerte quería que en aquel momento hubiese claro de luna, cogía mi flauta y me iba a tocar en los alrededores del Pabellón de Oro. Ahora ya era capaz de tocar sin partitura la pieza que no hacía mucho me había interpretado Kashiwagi, «La carretilla de palacio».
La música se parece al sueño y al mismo tiempo a lo que se opone diametralmente a él: a un estado de vigilia particularmente lúcido. «¿Cuál de los dos es música?», me preguntaba. En todo caso, la música poseía a veces el poder de hacerle a uno oscilar de un polo a otro. Y me ocurría, tocando «La carretilla de palacio», que me identificara muy fácilmente con la melodía. Mi espíritu conocía las delicias de fundirse con la música; a diferencia de Kashiwagi, ésta era para mí realmente un consuelo.
...Al terminar de tocar nunca dejaba de decirme: «¿Por qué el Pabellón de Oro no me reprocha esta entrega a la música? ¿Por qué no opone ningún obstáculo? ¿Por qué cierra los ojos? Por el contrario, cuando he querido perderme en la felicidad o las voluptuosidades de la existencia, ¿acaso ha fingido no ver nada, siquiera por una vez? Al instante se ha atravesado en mi camino y me ha hecho replegar de nuevo en mí mismo: ¡ése es su estilo! ¿Por qué sólo me concede la embriaguez y el olvido de mí en el caso exclusivo de la música?».
Al pensar que aquello era lo único que me permitía el Pabellón de Oro, todo el encanto de la música se marchitaba. Porque una vez dado este tácito consentimiento, por muy semejante que fuese la música a la vida, no era sin embargo más que una imitación vacía, y, aunque yo hubiese deseado incorporarme a ella, sólo habría podido ser por un instante...
No se vaya a creer que mi doble fracaso ante la vida y las mujeres me hizo renunciar y abandonar la partida. Hasta el fin de 1948 no me faltaron ni las ocasiones ni los consejos de Kashiwagi. Afronté las pruebas sin desfallecer. Terminaban siempre del mismo modo: siempre surgía el Pabellón de Oro entre la muchacha y yo, entre la Vida y yo. En mis manos se hacía ceniza lo que yo quería alcanzar, y ante mis ojos, hasta donde se perdía la mirada, no había más que desierto.
Un día, durante una tregua que me dejaba el trabajo en el campo, detrás de la cocina, me divertía observando los manejos de una abeja en torno a la pequeña rueda amarilla de un crisantemo de verano. Atravesando el océano de luz con la vibración de sus alas de oro, escogió entre mil una flor ante la cual se agitó un momento, perpleja. Yo intenté ver las cosas tal como ella debía verlas. El crisantemo desplegaba sus pétalos amarillos, clásicos, perfectos. Tenía la belleza y la perfección de un Pabellón de Oro en miniatura; ¡pero no se transformaba en Pabellón de Oro! Seguía siendo lo mismo, una simple flor de crisantemo. Un crisantemo tomado en su conjunto definitivo, una flor y nada más, una forma vacía de toda sugestión metafísica. Respetando de este modo las leyes de la existencia, el crisantemo rebosaba seducción, mudado en la misma forma que el deseo de la abeja pedía. ¡Turbador misterio, verlo palpitar así, agazapado en su forma de objeto ofrecido a aquel deseo amorfo, alado, fluido, siempre en movimiento! Progresivamente fue perdiendo su densidad, pareció al borde del desfallecimiento y se agitó presa de estremecimientos y temblores. Se comprende, puesto que el crisantemo ha sido modelado para ajustarse estrechamente al deseo de la abeja, y su belleza se abre en previsión de este deseo. Y he aquí por su forma el instante de lanzarse a la vida y de entregar en pleno día el secreto de su razón de ser. Pues ella es en verdad el molde donde se vierte la vida que se escapa y no tiene forma, al mismo tiempo que la huida alada de la vida informe es el molde donde se vierten todas las formas de este mundo... De este modo la abeja se arrojó a lo más profundo del corazón de la flor embadurnándose de polen, ahogándose en la embriaguez; y la flor que en su seno acogió al insecto se transformó a sí misma en amarilla abeja de suntuosa armadura, donde yo observaba frenéticos sobresaltos, como si ella intentase echarse a volar lejos de su tallo.
La luz, y aquello que se estaba consumando bajo la luz, me dieron casi vértigo. Luego, justo en el momento que dejé de mirar con los ojos de la abeja y recuperé mi mirada, descubrí que había estado contemplando la escena exactamente como lo había hecho, en otras circunstancias, con los ojos del Pabellón de Oro. Exactamente, sí. De la mima manera que podía cambiar mi visión pasando de la de la abeja a la mía, en los momentos en que la vida venía a mí yo dejaba de ver con mis propios ojos para tomar los del Pabellón de Oro. Y era precisamente entonces cuando el Templo surgía entre la vida y yo.
Así pues, recuperada mi visión normal, en el inmenso universo de las cosas no quedó más que la abeja y el crisantemo remitidos, por así decirlo, «a su sitio». Entre el vuelo del insecto, las sacudidas de la flor y los estremecimientos de la brisa no había ya la menor diferencia. En el universo inmóvil y helado todas las cosas volvían a encontrarse al mismo nivel, y la forma de la cual había emanado poco antes un tan poderoso atractivo se desvaneció. De la flor ya no quedaba más que su belleza, pero con el vago nombre de «crisantemo», es decir, con un simple convencionalismo. No siendo ni abeja ni crisantemo, yo no me sentía ni atraído por la flor ni deseado por el insecto. El afecto que yo había experimentado por todas las formas que revela el incesante flujo de la vida se había extinguido. El mundo había sido arrojado a la relatividad, solamente el tiempo se movía aún.
Sin querer extenderme demasiado, diré simplemente esto: cuando el Pabellón de Oro surgía en medio del absoluto de su eternidad, y cuando yo no veía ya las cosas más que a través de él, el mundo se metamorfoseaba del modo que he dicho y, dentro de este mundo así transformado, sólo el Pabellón de Oro guardaba su forma, retenía la Belleza; el resto volvía al polvo. Desde que pisoteé el vientre de la prostituta en el jardín del templo, desde la muerte de Tsurukawa, yo no hacía más que plantearme la misma pregunta: «¿El Mal es posible, a pesar de todo?».

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