Este blog esta dedicado a todos los amantes de Yukio Mishima

jueves, 27 de marzo de 2008

miradas inquietas en torno a sí mismo porque iba, no a provocar un incendio, sino a fumar un cigarrillo; su mezquino placer, típicamente estudiantil, por infringir los reglamentos; el meticuloso cuidado con que había aplastado con la suela del zapato una cerilla ya apagada; y por encima de todo, su «educación cívica»: era gracias a esta educación, buena para tirar a la basura, que había controlado con toda seguridad la pequeña llama. ¡Sin duda estaba contentísimo de poseer este poder de control sobre su cerilla, este total e inmediato poder de control gracias al cual preservaba del fuego a la sociedad!
Desde la restauración de Meiji, raros fueron los templos que tanto en Kyoto como en la periferia habían sido quemados: era uno de los «beneficios» de esta «educación». Y cuando se daba el caso de alguno, el incendio era inmediatamente circunscrito, cortado, dominado. Antiguamente no ocurría lo mismo. El Chionin fue quemado en el año 1431 y luego conoció sucesivas veces el mismo desastre. El cuerpo principal del Nanzenji sufrió la misma suerte en 1393, en que fueron reducidos a cenizas el Salón de Buda, la Sala de los Ritos, la Sala de Diamante, la Ermita de la Gran Conspiración y muchas otras. El Enryakuji había sido aniquilado en 1571; el Kenninji, incendiado durante la guerra en 1552; al Sanusangendo le tocó el turno en 1249, y en cuanto al Honnoji, la guerra lo dejó también en ruinas en 1582.
En aquellos lejanos tiempos, una especie de íntima amistad unía a los incendios entre sí. Un incendio no se reducía como hoy a un hecho aislado. No eran tratados con desdén. Las distintas fogatas podían siempre darse la mano y reunir innumerables fuegos en uno solo... Las gentes estaban sin duda hechas de igual modo. Dondequiera que estallaba el fuego, podía dar la señal a otro fuego y su llamada era en seguida escuchada. Si los documentos antiguos, a propósito de todos estos templos destruidos, no citan más que causas accidentales —fuegos que se propagan, guerras...—, exceptuando toda posibilidad de incendio criminal, significa que si entonces se hubiese encontrado alguien como yo no habría tenido más que retener su aliento, esconderse y esperar. Todos los templos estaban infaliblemente destinados, un día u otro, a ser destruidos por el fuego. Pasto para las alegres llamas lo había en abundancia, a voluntad. No había más que esperar: el fuego aguardaba el momento propicio y no dejaba nunca de manifestarse; un foco se unía a otro y los dos juntos cumplían lo que debía ser cumplido. ¡Habría sido seguramente un milagro que pudiese haber sorteado todo eso! El fuego brotaba por sí mismo, destrucción y negación estaban en el orden natural de las cosas, y los edificios de los grandes templos estaban fatalmente destinados a ser presa de las llamas... Así regían el mundo, con el rigor más exacto, los principios y las leyes budistas. Incluso de haberse dado el hecho de incendiarios que hubiesen apelado, del modo más natural, a las diversas fuerzas del fuego, ningún historiador se habría visto en el caso de tener que recurrir al incendio criminal para explicar las cosas.
En aquel tiempo, la inseguridad reinaba en el mundo. Hoy, en 1950, la inseguridad no es menos. Si se admite que todos aquellos templos fueron quemados a causa de la inseguridad de la época, ¿qué razones hay para no creer que el Pabellón de Oro pueda ser quemado hoy?
No acudía a las clases, pero en cambio iba a menudo a la biblioteca. Un día del mes de mayo me encontré cara a cara con quien tanto cuidado ponía en evitar: Kashiwagi. Quise escapar de él una vez más; pero me persiguió con aire divertido. Me dije que yo no tenía necesidad de correr, que él no podría alcanzarme con sus pies deformes. Pero fue precisamente él quien paralizó por completo mi huida. Kashiwagi me alcanzó por la espalda, jadeando. Debían ser las cinco y media de la tarde y las clases habían terminado.
Al salir de la biblioteca, para no tropezarme con Kashiwagi, había rodeado el edificio por atrás y escapado a todo correr entre el gran muro de piedra y los barracones que servían de aulas. En el cercano solar, la manzanilla salvaje se propagaba como la grana y el suelo estaba cubierto de viejos papeles y botellas vacías. Algunos chiquillos que se habían colado estaban entrenándose a pelota—base. Sus voces chillonas hacían resaltar el silencio de las clases desiertas, a través de cuyos cristales rotos podían verse las hileras de polvorientos pupitres.
Al salir del solar me encontré cerca del edificio principal, frente al barracón que llevaba escrito «Taller» en una placa y era utilizado para las clases de arte floral; allí fue donde me detuve. Una hilera de alcanforeros crecía arrimada al muro, y el sol poniente, partido por las hojas, recortaba delicadas sombras sobre la fachada principal cuyos ladrillos rojos e inundados de luz tenían un fulgor espléndido.
Jadeando, Kashiwagi se apoyó contra el muro. El juego de sombras coloreaba sus mejillas, desde luego siempre descarnadas, pero que ahora recibían una animación, una vida singular. A menos que no fuesen los reflejos rojos de los ladrillos lo que le prestaba esos colores tan poco hechos para él.
—Ya son cinco mil cien yens, querido —dijo—. Cinco mil cien yens al terminar este mes. Cada vez te será más difícil devolvérmelos.
Sacó el documento del bolsillo interior, donde lo llevaba siempre, y lo desdobló ante mis ojos. Luego, temiendo sin duda que yo me apoderase de él y lo rompiera, volvió a doblarlo precipitadamente y lo hizo desaparecer bajo la ropa; en los ojos sólo me quedó la imagen tenaz de la marca de mi pulgar, roja y maligna. Tenía un aire, esa huella de mi dedo, horriblemente feroz.
—Procura pagarme en seguida. Lo digo en interés tuyo. ¿No podrías sacar ese dinero de tus derechos de inscripción a los cursos, o de otra cosa?
Yo dejé su pregunta sin respuesta. ¿Qué obligación había de pagar tales deudas cuando tenía ante mí una catástrofe universal? Por un instante tuve la tentación de poner a Kashiwagi al corriente de mis secretas intenciones, pero me contuve.
—Si callas —me dijo—, ¿cómo quieres que te entienda? ¿Te avergüenza tartamudear? Pues ya tendrías que haberte acostumbrado. Todo el mundo lo sabe que eres tartamudo. ¡Incluso esto! —y golpeó con el puño el muro iluminado por el poniente. Un leve polvillo ocre le ensució la mano—. ¡Sí, incluso este muro! ¡No hay un solo individuo en la universidad que no lo sepa!
Yo seguía observándole en silencio. En aquel momento, la pelota de los niños llegó rondando entre Kashiwagi y yo. El se inclinó para cogerla y dársela. Entonces yo fui presa de una curiosidad maligna: la pelota se hallaba a menos de cincuenta centímetros de Kashiwagi y yo quise ver cómo se las iba a arreglar, con su defecto físico, para atraparla con la mano. Inconscientemente, mis ojos debieron posarse sobre sus pies; él lo adivinó con una rapidez realmente prodigiosa. Antes de que pudiera decirse que estaba verdaderamente inclinado, se irguió y me clavó los ojos; en su mirada había unos fulgores de odio que se avenían mal a su habitual sangre fría.
Uno de los niños se acercó tímidamente, recogió la pelota y escapó. Por fin, Kashiwagi me dijo:
—¡Perfecto! Si te tomas las cosas así, sé muy bien lo que tengo que hacer. Antes de irme a casa el mes próximo, habré recuperado todo lo que pueda. ¡Puedes creerme! ¡Prepárate!
—Ésta es la huella de tu pulgar, ¿verdad?
—Sí.

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