Este blog esta dedicado a todos los amantes de Yukio Mishima

jueves, 27 de marzo de 2008

miradas inquietas en torno a sí mismo porque iba, no a provocar un incendio, sino a fumar un cigarrillo; su mezquino placer, típicamente estudiantil, por infringir los reglamentos; el meticuloso cuidado con que había aplastado con la suela del zapato una cerilla ya apagada; y por encima de todo, su «educación cívica»: era gracias a esta educación, buena para tirar a la basura, que había controlado con toda seguridad la pequeña llama. ¡Sin duda estaba contentísimo de poseer este poder de control sobre su cerilla, este total e inmediato poder de control gracias al cual preservaba del fuego a la sociedad!
Desde la restauración de Meiji, raros fueron los templos que tanto en Kyoto como en la periferia habían sido quemados: era uno de los «beneficios» de esta «educación». Y cuando se daba el caso de alguno, el incendio era inmediatamente circunscrito, cortado, dominado. Antiguamente no ocurría lo mismo. El Chionin fue quemado en el año 1431 y luego conoció sucesivas veces el mismo desastre. El cuerpo principal del Nanzenji sufrió la misma suerte en 1393, en que fueron reducidos a cenizas el Salón de Buda, la Sala de los Ritos, la Sala de Diamante, la Ermita de la Gran Conspiración y muchas otras. El Enryakuji había sido aniquilado en 1571; el Kenninji, incendiado durante la guerra en 1552; al Sanusangendo le tocó el turno en 1249, y en cuanto al Honnoji, la guerra lo dejó también en ruinas en 1582.
En aquellos lejanos tiempos, una especie de íntima amistad unía a los incendios entre sí. Un incendio no se reducía como hoy a un hecho aislado. No eran tratados con desdén. Las distintas fogatas podían siempre darse la mano y reunir innumerables fuegos en uno solo... Las gentes estaban sin duda hechas de igual modo. Dondequiera que estallaba el fuego, podía dar la señal a otro fuego y su llamada era en seguida escuchada. Si los documentos antiguos, a propósito de todos estos templos destruidos, no citan más que causas accidentales —fuegos que se propagan, guerras...—, exceptuando toda posibilidad de incendio criminal, significa que si entonces se hubiese encontrado alguien como yo no habría tenido más que retener su aliento, esconderse y esperar. Todos los templos estaban infaliblemente destinados, un día u otro, a ser destruidos por el fuego. Pasto para las alegres llamas lo había en abundancia, a voluntad. No había más que esperar: el fuego aguardaba el momento propicio y no dejaba nunca de manifestarse; un foco se unía a otro y los dos juntos cumplían lo que debía ser cumplido. ¡Habría sido seguramente un milagro que pudiese haber sorteado todo eso! El fuego brotaba por sí mismo, destrucción y negación estaban en el orden natural de las cosas, y los edificios de los grandes templos estaban fatalmente destinados a ser presa de las llamas... Así regían el mundo, con el rigor más exacto, los principios y las leyes budistas. Incluso de haberse dado el hecho de incendiarios que hubiesen apelado, del modo más natural, a las diversas fuerzas del fuego, ningún historiador se habría visto en el caso de tener que recurrir al incendio criminal para explicar las cosas.
En aquel tiempo, la inseguridad reinaba en el mundo. Hoy, en 1950, la inseguridad no es menos. Si se admite que todos aquellos templos fueron quemados a causa de la inseguridad de la época, ¿qué razones hay para no creer que el Pabellón de Oro pueda ser quemado hoy?
No acudía a las clases, pero en cambio iba a menudo a la biblioteca. Un día del mes de mayo me encontré cara a cara con quien tanto cuidado ponía en evitar: Kashiwagi. Quise escapar de él una vez más; pero me persiguió con aire divertido. Me dije que yo no tenía necesidad de correr, que él no podría alcanzarme con sus pies deformes. Pero fue precisamente él quien paralizó por completo mi huida. Kashiwagi me alcanzó por la espalda, jadeando. Debían ser las cinco y media de la tarde y las clases habían terminado.
Al salir de la biblioteca, para no tropezarme con Kashiwagi, había rodeado el edificio por atrás y escapado a todo correr entre el gran muro de piedra y los barracones que servían de aulas. En el cercano solar, la manzanilla salvaje se propagaba como la grana y el suelo estaba cubierto de viejos papeles y botellas vacías. Algunos chiquillos que se habían colado estaban entrenándose a pelota—base. Sus voces chillonas hacían resaltar el silencio de las clases desiertas, a través de cuyos cristales rotos podían verse las hileras de polvorientos pupitres.
Al salir del solar me encontré cerca del edificio principal, frente al barracón que llevaba escrito «Taller» en una placa y era utilizado para las clases de arte floral; allí fue donde me detuve. Una hilera de alcanforeros crecía arrimada al muro, y el sol poniente, partido por las hojas, recortaba delicadas sombras sobre la fachada principal cuyos ladrillos rojos e inundados de luz tenían un fulgor espléndido.
Jadeando, Kashiwagi se apoyó contra el muro. El juego de sombras coloreaba sus mejillas, desde luego siempre descarnadas, pero que ahora recibían una animación, una vida singular. A menos que no fuesen los reflejos rojos de los ladrillos lo que le prestaba esos colores tan poco hechos para él.
—Ya son cinco mil cien yens, querido —dijo—. Cinco mil cien yens al terminar este mes. Cada vez te será más difícil devolvérmelos.
Sacó el documento del bolsillo interior, donde lo llevaba siempre, y lo desdobló ante mis ojos. Luego, temiendo sin duda que yo me apoderase de él y lo rompiera, volvió a doblarlo precipitadamente y lo hizo desaparecer bajo la ropa; en los ojos sólo me quedó la imagen tenaz de la marca de mi pulgar, roja y maligna. Tenía un aire, esa huella de mi dedo, horriblemente feroz.
—Procura pagarme en seguida. Lo digo en interés tuyo. ¿No podrías sacar ese dinero de tus derechos de inscripción a los cursos, o de otra cosa?
Yo dejé su pregunta sin respuesta. ¿Qué obligación había de pagar tales deudas cuando tenía ante mí una catástrofe universal? Por un instante tuve la tentación de poner a Kashiwagi al corriente de mis secretas intenciones, pero me contuve.
—Si callas —me dijo—, ¿cómo quieres que te entienda? ¿Te avergüenza tartamudear? Pues ya tendrías que haberte acostumbrado. Todo el mundo lo sabe que eres tartamudo. ¡Incluso esto! —y golpeó con el puño el muro iluminado por el poniente. Un leve polvillo ocre le ensució la mano—. ¡Sí, incluso este muro! ¡No hay un solo individuo en la universidad que no lo sepa!
Yo seguía observándole en silencio. En aquel momento, la pelota de los niños llegó rondando entre Kashiwagi y yo. El se inclinó para cogerla y dársela. Entonces yo fui presa de una curiosidad maligna: la pelota se hallaba a menos de cincuenta centímetros de Kashiwagi y yo quise ver cómo se las iba a arreglar, con su defecto físico, para atraparla con la mano. Inconscientemente, mis ojos debieron posarse sobre sus pies; él lo adivinó con una rapidez realmente prodigiosa. Antes de que pudiera decirse que estaba verdaderamente inclinado, se irguió y me clavó los ojos; en su mirada había unos fulgores de odio que se avenían mal a su habitual sangre fría.
Uno de los niños se acercó tímidamente, recogió la pelota y escapó. Por fin, Kashiwagi me dijo:
—¡Perfecto! Si te tomas las cosas así, sé muy bien lo que tengo que hacer. Antes de irme a casa el mes próximo, habré recuperado todo lo que pueda. ¡Puedes creerme! ¡Prepárate!
—Ésta es la huella de tu pulgar, ¿verdad?
—Sí.
—¡Bien, he aquí una bonita faena! Si vuelve a ocurrir una cosa semejante no podré tenerte por más tiempo en este templo. Piénsalo bien. Además, que no es la primera vez...
De pronto se interrumpió a causa de la presencia de Kashiwagi.
—Yo arreglaré este asunto. Ahora puedes retirarte.
Entonces pude mirar a Kashiwagi. Estaba sentado sobre la estera, en una actitud muy ceremoniosa. Ni siquiera se atrevía a mirarme de frente. Después de cada mala acción, su rostro tenía una expresión muy pura, como si el fondo de su personalidad surgiese de su interior sin que él tuviese conciencia de ello. Pero yo era el único que lo sabía.
Al regresar a mi habitación, aquella noche de lluvia tenaz, en medio de mi soledad, me sentí de pronto liberado. «No podré tenerte por más tiempo en este templo», había dicho. Era la primera vez que tales palabras asomaban a los labios del Prior, la primera vez que él tomaba semejante determinación. ¡Todo estaba muy claro! Ahora vislumbraba mi punto de referencia: TENIA QUE APRESURARME A ACTUAR.
Si Kashiwagi no se hubiese conducido como lo había hecho aquella noche, yo no habría tenido jamás la ocasión de oír hablar de aquel modo al Prior, y los preparativos para la ejecución de mi plan habrían sido sin duda aplazados una vez más hasta más adelante. Ante la idea de que era a Kashiwagi a quien yo debía la fuerza que me ayudaría a dar el último paso, me sentía inundado de una extraña gratitud.
La lluvia seguía cayendo con fuerza. Hacía fresco, tratándose de una noche de junio, y mi cuarto con cinco esteras en los tabiques de tablas, bajo la débil luz de la bombilla, tenía un aire de desolación. Aquella era mi yacija, de donde probablemente iba a ser arrojado dentro de poco. Ni un adorno. En los negros bordes de la paja amarillenta de las esteras estaba desgarrada enrollada, destrenzada a trechos la dura cuerda que sostenía las fibras. A menudo, cuando entraba en mi habitación invadida por la noche, los dedos de mis pies se enganchaban en aquellos bordes deshechos. En cuanto a repararlos, nunca lo había hecho: mi fervor por la vida no tenía nada que ver con las esteras de paja o cosas parecidas.
Con la proximidad del verano, el cuarto guardaba el olor ácido de mi cuerpo. Era bastante risible que, por sacerdote que fuese, yo oliese a joven varón como cualquier otro. Aquel olor se había pegado incluso a los antiguos y pesados pilares de oscuros reflejos que ocupaban los cuatro ángulos, incluso a la madera de los viejos tabiques. El desagradable olor del animal joven rezumaba por los poros de la madera añosa y patinada. Pilares y tabiques se habían convertido a medias en cosas vivientes, inmóviles, desprendiendo un olor a carne cruda.
En aquel momento, los extraños pasos de un momento antes volvieron a sonar en la galería. Me levanté y salí. Kashiwagi estaba allí, de pie, contraído como un juguete mecánico que acabara de parar de golpe. Detrás de él, bañado por la luz que salía de las habitaciones del Prior, el Pino en forma de Navío erguía muy alta en el jardín su copa verdinegra y mojada.
Yo me sonreí; y tuve la satisfacción de ver aparecer por vez primera en los rasgos de Kashiwagi una expresión próxima al miedo.
—¿No quieres entrar un minuto?
—¡Bien! No vale la pena jugar a espantajos. Eres un tipo curioso.
Terminó por entrar, se sentó de lado sobre la almohadilla que le tendí, poco a poco, igual a como se hace para agacharse. Levantando la nariz, recorrió mi habitación con los ojos. Fuera, la lluvia corría en torno a nosotros una espesa cortina. En medio del repiqueteo del agua azotando el parquet de la galería podía percibirse de vez en cuando el ruido de una gota rebotando aquí y allá, sobre los tabiques corredizos.
—No hay que guardarme rencor —dijo Kashiwagi—. Después de todo, si he tenido que recurrir a este procedimiento es por tu culpa. Y ahora otra cosa.
Sacó de su bolsillo un sobre que llevaba impreso el nombre del Rokuonji y contó los billetes que contenía. Eran billetes flamantes, recién impresos, puestos en circulación en enero: tres billetes de mil yens.
—¿Aquí los billetes son limpios, eh? —dije yo—. El quisquilloso en cuestiones de limpieza que cada tres días envía a su ayudante al banco a cambiar billetes pequeños por grandes.
—¡Mira! ¡Mira esto! Tres mil justos, eso es todo. ¡Qué tacaño! Pretende que entre compañeros de clase no debe haber préstamos con interés. Sin embargo él debe haber hecho dinero a carretadas por sistema.
Esta inesperada decepción de Kashiwagi me hizo sentirme a mis anchas. Sin embarazo alguno me eché a reír y él se unió a mi risa. Pero esta reconciliación no duró más que un instante, puesto que Kashiwagi, cesando bruscamente de reír, fijó los ojos en mi frente y añadió, como si hiciera un gesto para apartarme violentamente:
—¡Ya comprendo! Últimamente tú estás maquinando demoler alguna cosa.
Me costó terriblemente sostener el peso de su mirada. Pero dándome cuenta de que por «demoler» él entendía algo muy distinto de lo que yo vislumbraba, recuperé mi sangre fría y repliqué sin sombra de tartamudeo:
—No. Nada.
—¡Ah, qué tipo más curioso eres! ¡El más extraño que jamás he conocido!
Yo sabía que estas palabras se dirigían a la sonrisa amistosa que todavía flotaba en las comisuras de mis labios; pero tenía la completa certeza de que él estaba a cien leguas de imaginar el significado de esta sonrisa, todo cuanto ella reflejaba de profunda gratitud. Y con toda naturalidad, mi sonrisa se desvaneció de antemano.
—¿Vuelves a casa de tus padres? —pregunté en un tono amistoso y corriente.
—Sí, me marcho mañana... Un verano en Sannomiya... Pero aquello tampoco es nada divertido...
—Entonces, pasará una buena temporada sin vernos en la universidad.
—¿Qué? ¡Si nunca se te ve por allí!
Diciendo esto, Kashiwagi se desabrochó el chaquetón y manoseó en su interior.
—He querido traerte esto antes de irme —añadió—. He pensado que te gustaría... ¡Como lo habías colocado tan absurdamente en un pedestal!
Tiró sobre mi mesa de trabajo un pequeño paquete de cartas. El nombre del remitente me llenó de estupor.
—¡Lee! —dijo Kashiwagi—. Son las reliquias de Tsurukawa.
—¿Erais amigos, Tsurukawa y tú?
—¡Oh...! A mi manera, sí... Pero él, por encima de todo, detestaba que se le tomara por amigo mío. Sin embargo yo era la única persona que recibía sus confidencias. Ya han pasado tres años desde que murió; por eso puedo enseñarte sus cartas. Como tú estabas particularmente ligado a él, siempre tuve la intención de enseñártelas algún día, a ti solo.
Las cartas estaban todas fechadas en el período que había precedido inmediatamente a su muerte. Todas habían sido remitidas desde Tokyo a Kashiwagi, casi cada día, durante el mes de mayo de 1947. A mí no me había enviado ni una sola; en cambio —me era forzoso constatarlo— todos los días que siguieron a su regreso a Tokyo, había escrito a Kashiwagi. No había duda posible: estaban escritas de la mano de
Tsurukawa, aquella era su gruesa letra de niño. Sentí un asomo de celos. De modo que aquel Tsurukawa que me había parecido que jamás escondía el fondo de su alma transparente, que a veces me había hablado mal de Kashiwagi, que había desaprobado toda relación entre Kashiwagi y yo, me había disimulado totalmente sus lazos secretos con él.
Empecé a leer, por orden cronológico, aquellas cartas de papel delgado escritas con una letra apretada. El estilo era indiscutiblemente torpe; las ideas se atascaban en todas partes, entraban con dificultad. Pero de su enredado estilo se elevaba como una marea de sufrimiento; y, poco a poco, el sufrimiento de Tsurukawa se me apareció en medio de una luz cegadora. A medida que avanzaba en la lectura, las lágrimas se me subieron a los ojos. Pero, al mismo tiempo, quedé sorprendido ante la banalidad de este sufrimiento.
Se trataba de una ínfima historia de amor. ¡Eso era todo! Del amor contrariado de un muchacho, que no sabe nada de la vida, por una chica cuyos padres no quieren oír hablar de él. Con todo, fui absorbido por la frase siguiente, donde Tsurukawa —sin él saberlo tal vez— había exagerado la expresión de sus sentimientos: «Cuando ahora pienso en ello, me pregunto si este amor desgraciado no se debe a mi desgraciada naturaleza. Yo nací con un humor sombrío. Creo que en ningún momento he sabido lo que es ser un alma perfectamente sosegada y llena de luz». La última carta se quebraba en una nota violenta y entonces, por primera vez, se me despertó una duda que hasta aquel momento no había asomado jamás.
—¿Es posible...?
—¡Claro que sí! —interrumpió Kashiwagi—. Se suicidó. No me lo quitarás de la cabeza. Y fue para cubrir las apariencias que su familia inventó la historia del camión...
Tartamudeando de indignación, le pregunté inmediatamente a Kashiwagi:
—¿Le respondiste?
—Sí. Pero mi carta debió llegar después de su muerte.
—¿Qué le decías?
—Que no hiciera ninguna tontería. Nada más que eso.
Me callé. ¿Qué quedaba de aquella hermosa certeza de que mi instinto jamás me había engañado? Kashiwagi le dio el golpe de gracia.
—¿Y ahora qué? ¿No modifican tus puntos de vista sobre la existencia humana, estas cartas? ¿Todos tus planes por tierra, eh?
La razón por la cual Kashiwagi me había enseñado aquellas cartas después de tres años estaba clara. Sin embargo, pese al rudo golpe que acababa de recibir, yo no podía apartar de mi pensamiento ciertas imágenes del pasado: el adolescente con su blanca camisa tumbado sobre la densa hierba del verano las manchas claras que un rayo del sol naciente, traspasando la fronda de los árboles, esparcía sobre él... Tres años habían pasado ¡y he aquí en qué acaba todo! Aquello por lo cual yo creí en él pareció que tenía que esfumarse con su muerte; pero no: en este minuto empezaba a vivir otra vez, con una realidad distinta. Más que en su significación, acabé por creer en la materialidad de estos recuerdos. Y si dejaba de creer en ellos, sería la vida misma lo que se derrumbaría. Por lo menos esto era lo que pensaba entonces... Kashiwagi dejó caer su mirada sobre mí plenamente satisfecho de haber destruido mi corazón de manera tan implacable.
—¿Y bien? —dijo—. Algo acaba de romperse en tu interior, ¿no? Yo no puedo soportar ver a un amigo que viva con algo fácil de romper dentro de sí. Y hago todos los posibles para romperlo. ¡Es mi manera de ser bueno!
—¿Y cuando no se rompe?
—¡Acaba ya con tus pueriles bravatas! —dijo con sarcasmo—. Sólo quería hacerte ver una cosa: lo que hace cambiar el mundo es el conocimiento. ¿Lo comprendes? Nada más que eso puede transformar el mundo. El simple conocimiento puede cambiarlo con todo y dejarlo tal como es, invariable. Visto así, el mundo es eternamente inmutable, pero también está en perpetua transformación. Me dirás que esto no nos sirve de gran cosa. Pero no impide que para hacer la vida más soportable, se puede decir, la humanidad disponga de un arma, que es el conocimiento. Los animales no lo necesitan, porque, para ellos, hacer la vida soportable no significa nada. Pero el hombre conoce la dificultad y se hace de ella un arma incluso para soportar la existencia, sin que por ello esta dificultad se suavice en absoluto. Eso es todo.
—¿Tú no crees que pueda haber otros medios para hacer la vida soportable?
—No. Aparte de eso, no hay más que la locura y la muerte.
—El conocimiento es totalmente incapaz de cambiar el mundo...
Había dejado escapar estas palabras rozando peligrosamente la confesión. —Lo que
transforma el mundo —añadí— es la acción, y nada más...—. Tal como había previsto, Kashiwagi paró el golpe con aquella fría sonrisa que parecía pegada a sus rasgos.
—¿Lo crees así? Tú dices: la acción. Pero esta belleza por la que tú sientes ternura, ¿no ves que no aspira sino a dormir bajo la vigilancia del conocimiento? Un día estuvimos hablando del gato de Nansen, este gato de incomparable belleza. Si los dos bandos de monjes se disputaron, es que tanto uno como otro querían protegerle, acunarle, hacerle dormir blandamente, y esto según el conocimiento particular de cada uno. El padre Nansen era un hombre de acción: no lo dio a unos ni a otros, sino que traspasó el animal y asunto liquidado. Llega Choshu y se pone las sandalias sobre la cabeza. ¿Qué quiere decir esto? Que él sabe muy bien que la Belleza es algo que debe permanecer dormido bajo la protección del conocimiento, pero que no hay un conocimiento INDIVIDUAL, un conocimiento PARTICULAR de esto o de aquello. ¡No! El conocimiento es un océano para los hombres, una vasta pampa, y de ordinario la condición misma de la existencia. He aquí, según creo yo, lo que significó su gesto. Y ahora tú quieres jugar a ser Nansen, ¿verdad? Pues bien, esta belleza que amas no es más que el fantasma de esa «reliquia», de esa «sobrepelliz» que persiste en el alma humana una vez hecho —en términos devoradores— el conocimiento. No es más que el fantasma de este «otro medio», del cual hablabas, «para hacer la vida soportable». Incluso se puede llegar a decir que tal cosa, de hecho, no existe. En cambio, lo que da tanta fuerza a la ilusión, lo que le confiere carácter de realidad, es precisamente el conocimiento. Desde el punto de vista del conocimiento, la Belleza jamás es una consolación. Puede ser una mujer, puede ser una esposa, pero jamás una consolación. Mientras que de la unión de este conocimiento con esta Belleza que no es una consolación, algo nace. Algo efímero, semejante a una burbuja, contra lo que nada se puede. Sí, algo nace; y es lo que la gente llama el ARTE.
—La Belleza... —empecé, pero me puse a tartamudear furiosamente. Era una idea absurda, pero una sospecha acababa de cruzar por mi mente: ¿acaso mi tartamudez no nacía en el concepto que yo me hacía de la Belleza?—. La Belleza... Todo lo que es bello... es ahora mi mortal enemigo.
—¿La Belleza? ¿Tu mortal enemiga? —preguntó Kashiwagi, abriendo unos ojos como platos. Pero su habitual jovialidad filosófica reapareció en seguida en su rostro, aturdido durante un instante.
—¡Cómo has cambiado! ¡Oírte decir eso! ¡Tendré que graduar los lentes de mi conocimiento...!
Seguimos discutiendo durante mucho rato. ¿Cuántas semanas hacía que no habíamos cambiado impresiones con tanta intimidad? Seguía lloviendo. En el momento de irse, Kashiwagi me habló de Sannomiya y del puerto de Kobe, que yo nunca había visto, citando los grandes barcos que en el verano parten de la dársena... Todo eso adquiría vida para mí, en el recuerdo de Maizuru...
Éramos dos estudiantes pobres que teníamos los mismos sueños y que no habríamos cambiado la alegría de partir hacia el mar abierto ni por el conocimiento ni por la acción: por vez primera, los dos estábamos maravillosamente de acuerdo.
CAPÍTULO IX
Probablemente no fue por azar que el Prior, en lugar de darme la reprimenda que las circunstancias parecían exigir, me hiciese por el contrario un favor. Cinco días después que Kashiwagi vino a reclamar su dinero, el Prior me mandó llamar y me dio los tres mil cuatrocientos yens destinados a pagar los cursos del primer trimestre, más trescientos cincuenta para mis gastos de tranvías y quinientos cincuenta para material escolar. El reglamento de la universidad exigía que los derechos fuesen abonados antes de las vacaciones del verano. Pero después de lo que había pasado, jamás imaginé que el Prior volvería a darme dinero. Admitiendo incluso que consintiese pagar mis cursos, pensaba que, no teniendo ya más confianza en mí, enviaría el dinero a la universidad directamente por correo.
Pero de nada le sirvió ponerlo en mis manos: había hipocresía en su confianza. Me daba cuenta mejor que él. Aquel favor concedido sin una palabra era la imagen misma de su carne rosada y lisa: la opulenta falsedad, distinguiendo con la confianza, fuera del alcance de la putrefacción, reproduciéndose sin hacer ruido, dentro de su tibieza rosada.
Igual que cuando vi al agente de policía entrar en el albergue de Yura había temido, como en un relámpago, que mis planes fuesen descubiertos, también esta vez se apoderó de mí el temor, próximo a la alucinación, de que el Prior hubiese penetrado mis intenciones y tal vez intentase con aquel medio hacerme perder la ocasión decisiva de pasar a la ejecución. Yo sabía que mientras estuviese en posesión de aquel dinero jamás tendría el valor de actuar. Debía encontrar un medio de utilizarlo sin perder un solo día. Cuando uno es pobre no sabe malgastar demasiado el dinero que tiene. En todo caso, yo debía emplear aquella suma de dinero de forma que si el Prior llegara a enterarse no se pusiera loco de furia ni pudiese expulsarme del templo en el acto.
Aquel día yo estaba de servicio en la cocina. Después de cenar me encontraba lavando los platos cuando por casualidad volví los ojos hacia el refectorio desierto. En la entrada había un pilar ennegrecido por una pátina oscura, al cual había fijado un cartel, sucio y apenas visible a causa de la humareda.
ATAKO SÍMBOLO SAGRADO
ATENCIÓN AL FUEGO
Vi en mí mismo la pálida imagen de un fuego cautivo de aquel talismán. Algo que había sido tan alegre parecía ahora, tras el arcaico símbolo, viejo, débil, enfermo, degenerado. ¿Se me creerá si digo que aquel día el espejismo del fuego excitó mi sensualidad? ¿Cómo extrañarse —puesto que mi voluntad de vivir dependía por completo del fuego— de que mi sensualidad también tendiese hacia él? Mi deseo moldeaba las dóciles formas de las llamas que, conscientes de ser vistas por mí a través del pilar de oscuros reflejos, parecían haberse acicalado gentilmente. Dedos, brazos, busto, todo en ellas era fragilidad.
La noche del 18 de junio, con mi dinero en la cartera, salí clandestinamente del templo y me dirigí hacia KitaShinchi, vulgarmente conocido por Gobancho. Me habían dicho que no era un barrio caro y que estaba lleno de benevolencia, incluso para los novicios. Se encontraba alrededor de tres cuartos de hora a pie del Rokuonji. La noche estaba muy húmeda, el cielo ligeramente cubierto, la luna incierta. Yo vestía pantalón caqui, chaqueta y chanclos de madera. Tenía todas las posibilidades, a mi regreso dentro de algunas horas, de seguir siendo el mismo. ¿Cómo se me metió la idea de que, bajo la misma ropa, volvería convertido en otro?
Indudablemente era para VIVIR que yo quería prenderle fuego al Pabellón de Oro; pero lo que estaba ahora a punto de hacer se parecía más bien a unos preparativos para morir. Semejante a un hombre virgen decidido a suicidarse que empieza por darse una vuelta por el barrio prohibido, así obraba yo. Pero no nos engañemos: al obrar de tal manera, este hombre no hace más que poner su firma al pie de una fórmula hecha y no sabría de ningún modo —aun después de perder su virginidad— convertirse en «otro».
Esta vez ya no temía el fracaso tan a menudo repetido, aquella intrusión del pabellón de Oro entre la mujer y yo. Porque ningún sueño ocupaba mi espíritu, porque no deseaba en absoluto participar en la existencia por medio de la mujer. Mi vida estaba ahora sólidamente amarrada más allá de mi existencia presente; todos mis actos hasta aquel día no habían sido más que crueles y tenebrosas diligencias.
Así platicaba conmigo mismo, cuando me vinieron a la memoria las palabras de Kashiwagi: «Las prostitutas se entregan sin amor; para ellas todo es bueno: viejos decrépitos, mendigos, tuertos, adonis, leprosos —con tal que ellas no lo sepan. Esta igualdad de trato hace sentirse a sus anchas a la gente joven, y compran a la primera mujer que encuentran; pero a mí todo esto no me decía nada. Yo no podía admitir ser tratado del mismo modo que un hombre normal: me habría sentido abominablemente degradado».
Hoy sentía desagrado al recordar, aquellas palabras. Sin embargo, dejando aparte mi tartamudez, no había en mi físico nada fuera de sitio y, a diferencia de Kashiwagi, sin duda podía creerme feo, pero no más que cualquier otro.
«No obstante —me dije—, una mujer, con su intuición, ¿descifrará tal vez sobre mi fea frente los signos del criminal nato?
Esta idea me llenó repentinamente de una inquietud absurda. Aflojé el paso. Acabé por sentir náuseas a causa de estas reflexiones. Ya no sabía precisar si iba a perder mi virginidad con el fin de incendiar el Pabellón de Oro, o incendiar el Pabellón de Oro con el fin de perder mi virginidad. Entonces, sin ninguna razón particular, cruzó por mi espíritu la noble fórmula «TEMPO-KANNAN» —Vía del Destino sembrado de rudos obstáculos— y seguí mi camino repitiéndome a mí mismo: «Tempo-Kannan... Tempo-Kannan».
Estando en esto vislumbré, en el límite de un barrio invadido por la animación y el color de salas de baile y de bares, una zona en sombras donde se alineaban junto a los intervalos regulares de luces fluorescentes unos farolillos de papel de débil resplandor.
Desde que había salido del templo, no podía apartar de mi mente la ridícula idea de que Uiko aún vivía, en alguna parte de aquel barrio, enclaustrada. Esta idea me enardecía. Porque desde que tomé la decisión de incendiar el Pabellón de Oro había recuperado la frescura sin mácula de mi primera adolescencia, y me habría parecido muy natural encontrar las personas y las cosas de los comienzos de mi existencia.
De ahora en adelante yo iba a VIVIR, y sin embargo —cosa singular—, los pensamientos de mal augurio crecían dentro de mí. Imaginaba que mañana, tal vez, recibiría la visita de la muerte, y que yo le suplicaba que consintiese en esperar solamente el tiempo justo de prenderle fuego al Pabellón de Oro. Jamás había estado enfermo y en el presente no daba ningún síntoma de una posible enfermedad. Sin embargo, el control de los distintos engranajes que me mantenían vivo, la responsabilidad de continuar viviendo, yo los notaba sobre mis espaldas con un peso que aumentaba de día en día.
El día anterior, al hacer mis trabajos de limpieza, me herí el dedo índice con una astilla de bambú de mi escoba, y esta pequeña herida fue suficiente para hacer nacer en mí la inquietud. Me acordé de aquel poeta que murió a causa de haberse pinchado los dedos con una rosa. La mayoría de los mortales no estaban nada expuestos a morir así. Pero ahora mi persona se había convertido en algo precioso, y yo no podía saber qué clase de muerte me tenía reservada el destino. Felizmente, mi pinchazo no se había infectado, y aquel mismo día, al apretarme la herida, no había sentido más que un leve dolor.
No es necesario decir que en previsión a mi visita al Gobancho no había dejado de tomar ciertas precauciones. La víspera fui a una farmacia distante, donde no corría el riesgo de que me reconocieran, para comprar unos preservativos. La membrana, afelpada y sin color, estaba desprovista de vitalidad y de fuerza hasta un grado increíble. Por la noche había probado uno. En medio del desorden de mi habitación —retratos y escenas alegóricas budistas pintarrajeadas de rojo, un calendario de la Oficina de Turismo de Kyoto, los ejercicios Zen abiertos por la página del encantamiento Butcho-Sonsho calcetines sucios, esteras deshilachadas—, se mantenía erguido’ semejante a un dios de la desgracia, sin ojos ni nariz liso y de un gris ceniza. Su desagradable forma me recordaba el rito salvaje del «Rasetsu» —el Cercenamiento del órgano genital—, del cual hoy sólo se hallan vestigios en ciertas tradiciones orales.
Me interné en una calleja bordeada de faroles. Había allí más de cien casas, todas bautizadas con el mismo nombre. Cualquiera que tuviese líos con la policía podía obtener, por decirlo así, derecho de asilo por parte del «caid» que regentaba el sector. El cual no tenía más que apretar un botón: una señal sonaba en cada casa, advirtiendo del peligro al interesado.
Cada casa tenía una ventana con celosía de madera, a un lado de la entrada, y comprendía unos bajos y un piso. Las pesadas techumbres de viejas tejas estaban todas a la misma altura, extendiéndose hasta perderse de vista bajo la húmeda luna.
En todas las entradas colgaba una cortina azul con los dos caracteres, en blanco, de Nishijin ; detrás, atisbando la calle, inclinadas, se percibía a las mujeres con delantales blancos de hacer limpieza.
Yo no tenía la menor idea de lo que podía ser el placer. Como arrojado fuera del orden natural de las cosas, excluido de todo rango, solo, tenía la impresión de arrastrar mis fatigados pies en medio de un desierto. El deseo, agazapado en mi interior, con las rodillas prietas, mostraba su desagradable dorso.
«Cueste lo que cueste, debes gastarte el dinero aquí», me decía una y otra vez. «Y si en ello se te va todo el dinero de los cursos, tanto mejor. Será para el Prior un excelente pretexto para ponerme de patas en la calle.» Yo no me daba cuenta de la extraña contradicción que significaba este modo de ver las cosas. Sin embargo, si tal era mi sentimiento más profundo, ¿no significaba de mi parte un cierto afecto por el Prior?
Quizá no era todavía la hora, pero los paseantes eran muy pocos. Mis sandalias de madera se oían claramente en medio de la calle. La monótona voz de los «ganchos» parecía arrastrarse en medio del aire húmedo y bajo de la estación de las lluvias. Los dedos de los pies, crispados, apretaban las flojas correas. ¿En qué pensaba? En el fin de la guerra, en aquella noche en lo alto de la colina Fudo, desde donde contemplé a mis pies el sembrado de luces; seguramente entre ellas se encontraban las de esta calle...
Esperaba encontrarme con Uiko allí donde mis pasos me condujeran. En un cruce, la casa de una esquina llevaba por nombre Otaki. En busca de la felicidad efímera, aparté la cortina y entré. Me encontré bruscamente en medio de una sala embaldosada al fondo de la cual había tres mujeres sentadas, en una actitud de fatiga semejante a la de esas mujeres que esperan el tren. Una de ellas vestía kimono y llevaba un vendaje alrededor de su cuello. Otra, vestida a la europea, miraba al suelo; se había bajado una media y se rascaba la pantorrilla. Desde luego Uiko no estaba allí: su ausencia me quitó un peso de encima.
La que se rascaba levantó la cabeza, como un perro al que hubiesen llamado. Bajo el maquillaje blanco y rojo, su cara redonda, un poco como soplada, tenía el crudo esplendor de los dibujos infantiles. El aire con el cual me miró, es curioso tener que decirlo, estaba realmente impregnado de benevolencia: exactamente la mirada que se le puede dirigir a un hermano, a un ser humano desconocido que uno se tropieza en la esquina. Nada en esta mirada indicaba que ella hubiese descubierto lo más mínimo el deseo agazapado en mi interior.
Estando Uiko ausente, no me importaba cuál de ellas hiciese el trabajo. Escoger, anticipar los hechos, significaba el fracaso, me decía supersticiosamente. Así como las chicas no tenían la libertad de escoger a sus clientes, yo tampoco debía escoger a mi pareja. De ser posible, era preciso que la terrorífica noción de una Belleza ENERVANTE viniera a interponerse.
—¿Cuál de estas señoritas desea usted? —preguntó la patrona. Yo designé la que se rascaba la pierna. Aquella leve comezón —debida probablemente a la picada de aquel mosquito que rondaba por encima del embaldosado— creó un vínculo entre la muchacha y yo. Gracias a él, más tarde, ella adquiría el derecho a testimoniar...
Se levantó, acercándose a mí, y tocó la manga de mi chaqueta con una sonrisa que remangaba su labio. Mientras subíamos al primer piso por una vieja y sombría escalera, evoqué una vez más a Uiko. Me decía que ella acababa de ausentarse, de ausentarse del mundo tal cual existía en aquella hora; y como ella ya no estaba aquí abajo, sería inútil que la buscase, no la encontraría. Pero era como si hubiese salido de este mundo simplemente para tomar un baño, por ejemplo, o para ocuparse en cualquier otra actividad ordinaria...
Mientras vivía, me pareció poseer igualmente el poder de pasar libremente de un lado a otro en un universo de dos caras. Incluso en el momento de la tragedia, después de haber rechazado este mundo, lo aceptó de nuevo. La misma muerte acaso no había sido para Uiko más que un incidente sin consecuencias. La sangre que había dejado en la galería del Kongo-in quizás no fue más que ese polvillo de alas abandonado una mañana, en el borde de una ventana, por una mariposa que echa a volar en el instante en que se abre...
En el primer piso una vetusta barandilla corría en torno a un hueco por donde subía desde el patio una corriente de aire. Una pértiga de bambú para tender la colada iba de una armazón a otra; una falda roja, ropa interior y una camisa de noche colgaban de ella. Estaba oscuro; la camisa de noche dibujaba vagamente una forma humana.
En un cuarto, una mujer cantaba una canción que se deslizaba sin altibajos. Una voz de hombre, que desentonaba, se unía a veces a la otra. La canción se cortó bruscamente y hubo un breve silencio; luego la mujer se echó a reír, como si una cuerda se hubiese roto.
—Es la Kinuko —dijo la chica que me acompañaba, a la patrona.
—¡Rediós! ¡Siempre será lo mismo! ¡Siempre! —respondió la otra; preocupada, volvió la espalda a la puerta de donde partían las risas.
La sala donde se me hizo entrar era minúscula —tres esteras— y de aspecto corriente. El sitio de la alcoba estaba ocupado por una especie de buffet sobre el cual habían colocado de cualquier modo una estatuilla de Hotei, el bonzo que traía suerte, y una figurilla de «gato-caza-clientes» como las que se encuentran en los escaparates de las tiendas. En la pared, un reglamento detallado y un calendario colgado. En el techo, una bombilla sola y débil. Por la gran ventana abierta entraba de vez en cuando el ruido de los pasos de un hombre, en la calle, buscando placer.
La patrona me preguntó si era para un rato o para toda la noche. Para un rato valía cuatrocientos yens. Encargué sake (vino de arroz) y pastas, que la patrona bajó a buscar.
Mientras tanto, la muchacha se mantenía a distancia. Fue sólo cuando regresó la otra, y a instancias suyas, que se acercó a mí. Observé entonces que su labio superior estaba ligeramente rojo por habérselo frotado. Para matar el tiempo, no solamente debía rascarse la pierna, sino un poco en todas partes. A menos que aquella rojez no fuese un poco de pintura desplazada de los labios. No debe parecer extraño que lo observase todo con detalle: era la primera vez en mi vida que entraba en una de esas casas, y me esforzaba por descubrir indicios de voluptuosidad en todo lo que caía bajo mi mirada. Cada detalle aparecía tan límpido como en un aguafuerte, inmovilizado y fijo a una distancia de mi ojo.
—Me llamo Mariko. Nos hemos visto otra vez, ¿verdad?
—No. Es la primera vez.
—¿Y es la primera vez que usted entra en una casa como ésta?
—Sí.
—Debe ser verdad, su mano tiembla.
Constaté, en efecto, que mi copa de sake temblaba.
—Si es verdad, Mariko —dijo la patrona—, esta noche la suerte es para ti.
—¡No tardaré mucho en saberlo! —dijo ella con negligencia. No había traza de picardía en sus palabras. Adiviné que el espíritu de Mariko erraba perezosamente en un lugar sin relación alguna con mi cuerpo o el suyo, como un niño privado de sus compañeros de juego.
Corpino verde pálido, falda amarilla, ella no llevaba rojo de uñas más que en los pulgares —que tal vez se había pintado por jugar, con esmalte prestado.
Pasamos a la habitación donde la cama estaba hecha y las esteras extendidas. Mariko puso un pie encima para tirar del cordón de la lámpara. La luz arrancó un vivo fulgor a los colores de la lujosa colcha. La alcoba tenía cierta elegancia; una muñeca francesa servía de adorno.
Me desnudé torpemente. Mariko se puso una bata rosa de tejido esponjoso, bajo la cual se quitó la ropa. Había una botella junto a la cabecera del lecho, y me tragué un gran vaso de agua. Ella me oyó beber.
—¡Ah! ¡Bebedor de agua! —exclamó riendo. En la cama, rostro contra rostro, Mariko me hizo carantoñas en la punta de la nariz con los dedos. —¿De verdad es la primera vez?— preguntaba riéndose.
Pese a la deficiente luz, yo no me olvidé de observarlo todo. Porque era una prueba de que yo estaba bien vivo. Poco importa, además. En todo caso, era la primera vez que veía otros ojos tan cerca de los míos. Las leyes ópticas que regían mi universo habían saltado en pedazos. Una muchacha desconocida había penetrado sin escrúpulos en mi existencia. Aquella extraña tibieza, aquellos efluvios de perfume barato adquirieron gradualmente amplitud y fueron ganando terreno hasta inundarme y finalmente sumergirme. Era la primera vez que yo VEÍA fundirse y desaparecer de este modo el mundo de los demás.
Fui tratado como un simple átomo de la unidad universal, en una forma que nunca pude haber imaginado. Al desnudarme de mis ropas me había desnudado, al mismo tiempo, de infinidad de cosas: de mi tartamudez, de mi fealdad, de mi pobreza. Conseguí obtener la satisfacción física, indiscutiblemente, y sin embargo, no podía llegar a creer que era yo el que la disfrutaba. La sensación, de la cual yo estaba excluido, brotó a lo lejos y volvió a desvanecerse en seguida... Al momento me despegué de la muchacha y ajusté la almohada bajo mi mentón. Tenía una parte de la cabeza embotada y fría; me di unos ligeros golpes. Luego tuve la penosa sensación de que las cosas, una tras otra, me relegaban a un segundo plano: todo aquello no bastaba, sin embargo, para hacerme llorar.
Cuando todo terminó, empezaron las confidencias sobre la almohada. Oí la voz de la muchacha, igual que a través de la niebla, contándome entre otras cosas cómo había venido a parar allí desde Nagoya. Pero el Pabellón de Oro ocupaba todo mi pensamiento. A decir verdad, eran reflexiones abstractas, muy distintas de mis ideas habituales, tan pesadas y untadas de sensualidad.
—Volverá usted, ¿verdad? —El tono de su voz me hizo pensar que Mariko era mi hermana mayor, de uno o dos años más. Sus dos senos se hallaban a la altura de mis ojos, mojados de sudor: dos senos de pura y simple carne, esta vez, sin riesgo de verlos convertirse en Pabellón de Oro. Tímidamente, los rocé con la punta de mis dedos.
—Estas cosas son nuevas para usted, ¿verdad?
Mariko se sentó en la cama, envolvió sus pechos en una intensa mirada y luego, igual como se juega con un animalillo, los agitó dulcemente. Aquel ligero temblor me recordó el sol del atardecer sobre la bahía de Maizuru. La fragilidad de la carne se confundió en mi pensamiento con la de la luz del crepúsculo. Imaginé que, al igual que el sol sepultado bajo un montón de espesas nubes, aquella carne reposaría muy pronto en lo más hondo de la cueva de la noche. Y aquello me reconfortaba.
Volví al día siguiente: la misma casa, la misma muchacha. Y no solamente porque me quedase dinero. La primera experiencia se había manifestado increíblemente pobre en relación al éxtasis del cual yo me había forjado la idea; y un nuevo ensayo se hacía indispensable para acercarnos ventajosamente al resultado previsto. Todo lo que hago en la vida real tiende siempre, a diferencia de los demás, a convertirse en fin de cuentas en la fiel reproducción de aquello que he visto en mi imaginación. «Imaginación» no es exactamente la palabra; «reminiscencias de la imagen primera» es lo que debería decir. Siempre he tenido el presentimiento de que todas las experiencias que me he visto llamado a hacer en mi vida no han sido más que pálidas repeticiones de una experiencia realizada anteriormente bajo la forma más brillante; nunca he podido deshacerme de esta creencia. Incluso tratándose, como aquí, del acto carnal: estaba persuadido de que en un momento y en un lugar, de los cuales había perdido el recuerdo (tal vez con Uiko) había
gustado, en forma más aguda y aniquiladora, la voluptuosidad. Ahí estaba la fuente de todo el placer por venir, y mi goce presente no consistía en otra cosa que en beber de esta fuente con el hueco de mis manos.
Sí, me parecía haber asistido en alguna parte, en un lejano pasado, a una grandiosa e incomparable puesta de sol. ¿Era culpa mía si todas las que vi después me pareciesen más o menos marchitas?
Tratado un poco, el día anterior, como cualquier cliente, esta vez llevaba en el bolsillo un viejo libro comprado días antes en una tienda de compra—venta. Era Delitos y penas, de Beccaria. Esta obra de un criminalista italiano del siglo XVIII ofrecía el clásico «plato del día» en materia de racionalismo y vulgarización de ideas: yo abandoné su lectura al cabo de algunas páginas; pero me dije que el título tal vez interesaría a Mariko.
Ella me acogió con la misma sonrisa de la víspera. La misma sonrisa, ciertamente: el «ayer» no había dejado ninguna traza. Su gentileza para conmigo era la misma que se le puede dispensar a cualquiera con el cual uno recuerde haberse cruzado en cualquier calle. Después de todo, el cuerpo de aquella muchacha, ¿no era una encrucijada de calles?
Bebimos el sake en una pequeña salita, con la patrona. Yo no carecía de habilidad para ofrecer las copas según el ritual.
—¡De modo que ha vuelto usted! —dijo la patrona—. Es usted joven, pero conoce las maneras distinguidas.
—Pero, dígame —añadió Mariko por su parte—, si viene usted todos los días, ¿no teme verse reprendido por su Prior? —Luego, ante mi expresión turbada (ella me había penetrado a fondo) añadió—: ¡No era nada difícil de suponer! Hoy día los jóvenes llevan el pelo largo. Cuando uno no lleva más que un centímetro en el cráneo, está claro: ¡ha salido de un templo! Sería muy raro que los más célebres bonzos de hoy no pasaran por aquí cuando fueron jóvenes. ...Bueno, ¿se canta?
Sin transición, se puso a cantar una majadería que trataba de los hechos y gestos de una mujer del puerto.
La segunda experiencia, en un ambiente que ya me era familiar, se desarrolló sin contratiempos y muy confortablemente. Esta vez me pareció realmente vislumbrar la voluptuosidad, pero no la que yo había imaginado; solamente la perezosa satisfacción de sentir que me adaptaba a la cosa.
Después de lo cual mi compañera me hizo una serie de recomendaciones de hermana mayor, llenas de sentimiento, y que por un instante me produjeron una impresión helada.
—Creo que sería mejor no venir por aquí muy a menudo —me dijo—. Usted es un muchacho serio, lo noto. Es preciso no caer en excesos, sino dedicarse a fondo a su trabajo... Desde luego, sus visitas me causan placer, y deseo que continúen... Pero... usted comprende, ¿verdad?, en qué sentido le digo esto... Es como si se lo dijera a mi hermano pequeño...
Estas bonitas frases debió encontrarlas en alguna novela barata; porque todo aquello no le salía de muy adentro. Inventaba una historia cuyo héroe era yo, y esperaba verme manifestar las emociones que ella estaba fabricando. Ya que la presente situación, en su espíritu, no debía comportar más que una reacción decente: las lágrimas. Ella se habría encontrado entre los ángeles si me hubiese visto llorar.
Pero tuvo que desistir del intento. Bruscamente, yo alcancé cerca de la almohada el
ejemplar de Delitos y penas y se lo puse bajo la nariz. Mariko lo hojeó cortésmente; luego, sin decir palabra, volvió a dejarlo en su sitio: ya se había olvidado de él.
Yo deseaba que el destino que había puesto a Mariko en mi presencia despertara en ella algún presentimiento. Deseaba que ella se acercara, por poco que fuese, a tener conciencia de que prestaba la mano a la destrucción del mundo; porque a mis ojos, esto no podía serle indiferente ni siquiera a aquella muchacha. Finalmente no pude contenerme más: «Dentro de un mes —sí, de un mes—, se hablará mucho de mí en los periódicos... Acuérdate de mí, entonces...».
Cuando me callé, mi corazón latió violentamente. Pero Mariko se echó a reír con una risa que sacudía su pecho. Luego se mordió la manga para contenerse, lanzándome unas miradas rápidas. Pero le volvía aquella risa loca que sacudía todo su cuerpo. Seguramente habría sido incapaz de explicarse a sí misma qué había de divertido en todo aquello. Se dio cuenta y se calmó.
—¿Qué hay de divertido en todo eso? —pregunté estúpidamente.
—¡Ah, qué embustero es usted! ¡Qué cosa más divertida! ¡No había visto nunca una persona tan embustera!
—No he dicho ninguna mentira.
—¡Oh, basta...! ¡Es demasiado divertido! Es para morirse de risa... ¡Y pensar que lo dice en serio...!
Y se echó a reír otra vez. Después de todo, tal vez sólo se reía así porque yo había
tartamudeado de un modo estrafalario aquella frase en la que puse tanta convicción. Sea lo
que fuere, ella no creía una palabra de todo aquello.
Mariko no sabía creer. Ni siquiera habría creído en un terremoto bajo sus pies. Si el mundo se hundiera, sin duda Mariko no se hundiría con él. Porque ella creía exclusivamente en lo que se producía según su lógica personal; y porque, según esta lógica, que el mundo se hundiese era algo que nunca podría llegar a ocurrir. Estaba totalmente fuera de duda que semejante cosa tuviese la menor posibilidad de penetrar en la mente de Mariko. En esto se parecía a Kashiwagi, del cual era una réplica en mujer —un Kashiwagi que no pensaba.
Agotada la conversación, Mariko, con el pecho desnudo, se puso a tararear con una voz que se confundía con el zumbido de una mosca. El insecto, después de haber descrito varios círculos en torno a ella, se posó sobre uno de sus pechos. —¡Oh, me hace cosquillas!— se limitó a decir Mariko, sin intentar hacer el menor gesto para cazar la mosca pegada a su piel; y yo no estuve poco sorprendido de poder constatar que la muchacha no sentía manifiestamente ningún desagrado ante aquella caricia del insecto.
La lluvia resonaba sobre el saliente del tejado. Como si no cayese más que allí. Paralizada por el miedo, podría decirse, por haberse aventurado fuera de su sector y extraviado en tal parte de la ciudad. Su golpeteo estaba desasido de la vasta noche, como yo lo estaba del lugar donde me hallaba; formaba parte de un mundo perfectamente localizable, como el que delimitaba la débil claridad de la lámpara de cabecera.
Dicen que a las moscas les gusta lo podrido: ¿había Mariko entrado ya en descomposición? ¿Su impotencia para creer en nada era un signo de descomposición? ¿Era porque Mariko vivía en un universo rigurosamente personal que el insecto, curiosamente, la visitaba? Era difícil de decir.
De repente, Mariko se durmió. Se movía menos que una muerta, y sobre su pecho, cuya redondez acusaba la luz de la lámpara, la mosca permanecía igualmente inmóvil, como si ella también se hubiese dormido de repente.
No volví más a la Casa Otaki. Lo que allí tenía que hacer ya estaba hecho. No había más que esperar a que el Prior se enterara del uso que yo había hecho del dinero para los
cursos y me echara del templo. Pero yo no moví un dedo para ponerle sobre la pista. Confesarme no era necesario; él lo descubriría todo sin necesidad de ello.
Yo no me explicaba demasiado bien por qué esperaba tanto, en cierto modo, de la energía del Prior; por qué me empeñaba en esperar el recurso de su autoridad; por qué quería hacer depender mi determinación final de la expulsión decidida por él. Yo no sabía gran cosa de todo ello. Sobre todo cuando hacía ya mucho tiempo, según he dicho antes, que había penetrado a fondo su fundamental debilidad.
Aquella mañana, muy temprano, antes de que el monasterio se abriese al público, el Prior fue a dar una vuelta cerca del Pabellón de Oro: acontecimiento excepcionalmente raro. Nosotros estábamos todos ocupados en barrer; él nos dirigió algunas banales palabras de agradecimiento antes de subir, dentro de su blanca sotana de aspecto tan frío, la escalera de piedra que conduce al Pabellón de Sekikatei. Probablemente iba allí a prepararse té y a buscar soledad para ponerle orden a su espíritu.
Acabada la limpieza, cada cual emprendió el camino del edificio principal —excepto yo, que corté por el Sekikatei para irme detrás de la gran biblioteca, donde me quedaba un sector por barrer.
Subí las gradas bordeadas por la cerca de bambú del Pabellón de Oro y desemboqué junto al Sekikatei. Había estado lloviendo hasta el atardecer del día anterior y los árboles estaban mojados. En cada hoja de arbusto colgaba una gota de rocío donde se reflejaban los últimos fulgores rojos de la aurora; eran como pequeñas bayas rosadas nacidas allí a destiempo. Las telas de araña, tendidas de una gotita a otra, estaban también delicadamente teñidas de rosa y se estremecían.
Experimenté una extraña emoción al ver con qué exacta minuciosidad las cosas de la tierra daban asilo a los colores del cielo. La humedad misma que bañaba el recinto del monasterio venía enteramente de lo alto del cielo. Cada cosa tenía su gota de rocío, como una gracia recibida de lo alto, y exhalaba un olor mezclado de podredumbre y de frescor nuevo. Porque los objetos ignoran el medio de rechazar nada.
Como se sabe, la «Torre del Señor del Norte» está unida al Sekikatei. Su nombre proviene del texto: «Aquí está la residencia de la Señal del Norte a quien la nación estrellada rinde homenaje». La actual construcción no es la misma que en los tiempos en que Yoshimitsu hacía sentir su autoridad. Reformado hace ciento y pico de años, es un pabellón de forma circular según el gusto que se tenía por las casas de té. El Prior debía hallarse allí, puesto que no le vi en el Sekikatei. No tenía ningún deseo de encontrarme cara a cara con él; de modo que me deslicé a lo largo de la valla con paso vivo y doblando la espalda para no ser visto.
La «Torre del Señor del Norte» estaba abierta de par en par. Al fondo distinguí el dormitorio, desplegado a lo largo del muro, y el cuadro de Maruyama Okyo. El dormitorio estaba aún adornado con un pequeño relicario budista traído de la India, en blanca madera de sándalo labrada, obra maestra de delicadeza y a la cual los años habían cubierto de una oscura pátina. También veía, a la izquierda, un estante de morera en estilo Rikyu, así como las pinturas de las puertas corredizas... ¡Pero ni rastro del Prior! De modo que me arriesgué a mirar por encima de la valla.
En medio de la penumbra, a la derecha del dormitorio, distinguí una especie de voluminoso paquete blanco. Terminé por reconocer que se trataba del Prior: se hallaba prosternado que ya no podía estarlo más, con la cabeza entre las rodillas y las mangas abatidas sobre su rostro.
Estaba inmóvil. Completamente inmóvil. Por contra, su imagen desencadenó en mi interior un revoltijo de impresiones diversas.
Mi primer pensamiento fue que había sufrido un ataque, bajo cuyos efectos se encontraba aún. Mi deber, entonces, era acudir a atenderle. Una fuerza contraria me contuvo. Por una u otra razón, yo no amaba al Prior; un día cercano tomaría cuerpo mi determinación de incendiar el Pabellón de Oro... De modo que mis atenciones serían una hipocresía. Sin contar que podían valerme el agradecimiento del Prior, o su afecto, en cuyo caso mi voluntad corría el riesgo de debilitarse.
Al observarle mejor, no me pareció enfermo. Sea cual fuere la cosa que estaba haciendo allí, aquella postura le despojaba de toda nobleza y de toda dignidad: tenía el degradante aspecto de un animal adormecido. Observé que sus mangas temblaban ligeramente, como si un invisible peso se mantuviera en equilibrio sobre sus riñones. Este invisible peso, ¿qué podía ser? ¿Angustia? ¿Conciencia de su propia debilidad?
Acostumbrado al silencio, mi oído captó un imperceptible murmullo —una plegaria, que no pude identificar. Y de repente me surgió una idea que dejó mi orgullo hecho trizas: el Prior poseía tal vez una insondable vida interior de la cual nosotros no teníamos la menor idea, y ante la que las mezquindades, los pequeños pecados, las pequeñas negligencias que yo había desesperadamente ensayado no valían ni siquiera la pena de ser mencionadas. Comprendí entonces que la prosternación del Prior era la que se llama del «Jardín cerrado»: cuando un bonzo vagabundo se ve negada la entrada en un monasterio, permanece todo el día frente al porche, acurrucado sobre su fardo, con la frente inclinada. ¡Que un sacerdote del rango del Prior imitase las prácticas de un bonzo vagabundo testimoniaba una sorprendente humildad! Pero, ¿hacia quién? ¿A quién se dirigía con esa humildad? Como la de las hierbas del jardín alzándose hasta el cielo bañado por la aurora, y las de los árboles, la de las puntas de las hojas, de las telas de araña donde el rocío hallaba asilo, la humildad ¿no iba dirigida a las faltas y bajas ofensas a las cuales él escapaba —yendo hasta a reflejarse en su propia persona, en virtud de aquella postura de animal yacente?
«¡Pero no. Es a mí a quien la destina», pensé de repente. Estaba fuera de duda. Él sabía que yo iba a pasar por allí, y era en atención a mí que había tomado esta actitud... Perfectamente consciente de su debilidad, he aquí el medio que había encontrado para desgarrarme el corazón en silencio; despertar mi compasión y finalmente hacerme caer de rodillas ¡No le faltaba ironía a la cosa!
Lo estuve considerando, despistado; y la verdad es que había escapado a la trampa del enternecimiento por un dedo. Resistí con todas mis fuerzas, pero no puedo negar haber estado a punto de ceder... Entre tanto, no tenía más que decirme «todo esto lo hace por ti» para que mis disposiciones volvieran a su cauce y yo mismo, más que nunca, me afirmara en ellas.
Fue en aquel momento cuando decidí llevar a término mi proyecto sin esperar a ser echado del templo. El Prior y yo vivíamos ahora en mundos diferentes y ninguno de los dos tenía influencia sobre el otro. Todos los obstáculos habían sido eliminados. A partir de entonces yo podía actuar sin tener que esperar una ayuda exterior, como quisiera y cuando quisiera.
Los tintes de la aurora se desvanecieron. Las nubes se elevaban hacia el cielo. El terso rayo de sol matinal se evaporó tras la galería de la «Torre del Señor del Norte». El Prior seguía prosternado. Yo me apresuré a irme de allí.
El 25 de junio estalló la guerra de Corea. Con ello se verificaban mis presentimientos de que el mundo iba inevitablemente al hundimiento y a la ruina. Tenía que apresurarme.
Al día siguiente de mi visita al Gobancho me dediqué a hacer una pequeña experiencia: arranqué de la puerta norte del Pabellón de Oro dos clavos de cinco a seis centímetros de largo.
En los bajos, en el Hosuiin, hay dos puertas para entrar, una al este y otra al oeste, las dos de doble hoja. El viejo guía que subía allí cada noche cerraba la puerta oeste por dentro y la este por fuera, dando una vuelta de llave. Pero yo sabía que se podía entrar incluso sin llave; porque por el lado norte había una puerta de tablas que parecía guardar desde atrás la maqueta de la cual ya he hablado y que se encontraba dentro. Esta puerta se caía de vieja, y quitando media docena de clavos se podía desmontar fácilmente. Todos los clavos estaban casi sueltos, de modo que podían ser arrancados con los dedos sin esfuerzo. Yo había probado con dos de ellos y la experiencia había sido concluyente. Los envolví en un pedazo de papel y los guardé ocultos en el fondo del cajón de mi mesa de trabajo. Dejé pasar algunos días. Nada pareció indicar que el hecho hubiese sido descubierto. Luego, una semana. Idéntica reacción. El 28 por la noche, en el curso de una nueva salida clandestina, volví a poner los dos clavos en su sitio.
El día que vi al Prior prosternado y había tomado, de una vez por todas, la decisión de no hacer depender las cosas más que de mí mismo, me fui a una farmacia próxima a la Comisaría de Nishijin, en el barrio Sembon-Imaidegawa, para comprar unos somníferos. Primero me dieron un frasco que parecía contener una treintena de comprimidos. Pedí más y por cien yens me llevé un frasco de cien. Luego, en una tienda vecina, compré por noventa yens una navaja con su estuche, cuya hoja medía de doce a quince centímetros.
Tanto a la ida como a la vuelta, pasé frente a la Comisaría de Nishijin. Varias ventanas estaban iluminadas. Vi a un inspector, con el cuello de la camisa abierto y una cartera bajo el brazo, lanzarse al interior. Nadie me prestó atención. Ocurría lo mismo que durante aquellos veinte años que acababan de transcurrir; aquello no hacía sino continuar. Una vez más, yo no contaba para nada. En todos los rincones del Japón había un millón, diez millones de personas que no llamaban ninguna atención; yo formaba parte de ellas. Que aquellas personas quisieran vivir o morir, al mundo se le importaba una higa. Y seguramente había en ellos mucho que confortar. Así, confortándose a sí mismo, el inspector no se tomó la molestia de dirigir una mirada hacia mí. Sobre la puerta, la luz roja y turbia del farol hacía resaltar los caracteres de la inscripción: «Comisaría de policía de Nishijin». Faltaba una parte de la palabra «policía».
Durante el camino de regreso pensé en las adquisiciones que había hecho aquella tarde; mi corazón latía de gozo. Había comprado la navaja y los somníferos para el caso de que tuviera que decidir mi muerte. Pero mi alegría era tan intensa que me preguntaba si no era más bien la del hombre que va a fundar un hogar y que organiza de antemano su vida familiar. Incluso mucho después de mi regreso al templo no podía dejar de contemplar mi doble compra. Sacaba la navaja de su funda y pasaba mi lengua por la hoja, que se empañaba al instante. Notaba un frescor incisivo, luego una especie de agradable y remoto sabor: venía del corazón del delgado acero, de la inaccesible substancia del metal, de la cual aquel sabor no era más que el pálido reflejo. Aquella límpida forma, aquel fulgor metálico semejante al añil de las profundidades marinas, he aquí lo que ocultaba ese sabor tan puro enroscado a la punta de mi lengua, tenaz, mezclado a mi saliva —y que acabó también por evaporarse. Y, feliz, pensaba en el día en que iba a sentirlo en mi carne,
el día en que yo me sentiría totalmente anegado, embriagado por aquel sabor dulzón. Los cielos de la muerte me parecían llenos de luz y semejantes a los de la vida. Había olvidado mis sombríos pensamientos. Ya no existía angustia en este mundo...
Después de la guerra, en el Pabellón de Oro había sido instalada una alarma contra incendios automática, del modelo más reciente y muy ingeniosamente concebido: si el interior del Pabellón de Oro alcanzaba una temperatura determinada, un timbre de alarma sonaba inmediatamente en el pasillo de la cancillería. La tarde del 29 de junio, el dispositivo se estropeó; fue el viejo guía el que lo descubrió. Yo le oía dar cuenta de ello en el despacho del diácono, ya que me hallaba en la cocina. Interpreté el hecho como una exhortación del Cielo.
Sin embargo, al día siguiente por la mañana, día 30, el ayudante del Prior telefoneó a la fábrica que nos había mandado el aparato para que vinieran a repararlo: el buen guía tuvo la bondad de decírmelo. Yo me mordí los labios: había perdido una ocasión única, que me había sido ofrecida la noche anterior.
Un obrero vino a reparar el aparato al atardecer. En torno a él se formó un círculo de cabezas llenas de curiosidad. Era un largo trabajo; el hombre meneaba la cabeza con aire de fastidio: los curiosos, uno después de otro, se fueron marchando. Cuando me pareció decente, yo hice lo mismo. No tenía más que esperar el final de la reparación y el timbre de control resonaría por todo el templo —señal, para mí, de desesperación... Esperé. La noche invadió como una marea el Pabellón de Oro, donde parpadeaba el pábilo del obrero que trabajaba. No sonó ningún timbre: el hombre había recogido todo y se había ido, dejando el resto del trabajo para mañana. Pero faltó a su palabra: nadie vino el primero de julio. En el templo no había ninguna razón especial para apresurar la reparación.
El día anterior yo había vuelto a Sembon—Imaidegawa para comprar bollos de manteca y dulces de alubias. En el templo no se tomaba nada entre las comidas, por lo cual, con algunos yens de la cuenta de mis gastos personales, a menudo me iba allá abajo para comprar algunos pastelillos.
Los que había comprado aquel día, sin embargo, no estaban destinados a satisfacer mi hambre. Ni los bollos de manteca a facilitarme la toma de somníferos. Si he de decir verdad, fue la aprensión la que me hizo comprarlos.
Había una relación entre aquella bolsa de papel —hinchada entre mis manos— y yo. Una relación entre el acto perfecto y solitario que me disponía a cumplir y aquellos insignificantes bollos... El sol de derramaba por entre las nubes que cubrían el cielo y cubría las hileras de casas, como una espesa y húmeda bruma. Una gota de sudor se deslizó furtivamente a lo largo de mi espinazo, como un hilillo frío que se hubiese soltado
bruscamente. Yo no podía más de fatiga.
La relación entre los bollos y yo... ¿Cuál podía ser realmente? Situado ante el acto, mi espíritu encontraría sin duda su tensión y su necesaria concentración para alimentar el impulso; mientras que mi estómago, abandonado a su ordinaria soledad, seguiría reclamando su paga: así es como yo veía las cosas. Para mí, mis vísceras eran como esos perros famélicos que nunca han podido ser amaestrados. Sí, lo sabía; mi alma podía muy bien estar llena de energía; pero mi estómago, mis entrañas, órganos perezosos, no harían más que su voluntad y se sumergirían una vez más en su tibieza quimérica de todos los días. Sabía que mi estómago soñaría. Bollos de manteca y dulces rellenos. Mientras mi espíritu soñaría en gozos, él, obstinadamente, soñaría en bollos y dulces rellenos... Por lo demás, cuando la gente intentara comprender por qué había yo cometido mi crimen,
aquellos bollos les darían una clave muy conveniente. La gente diría: «Este muchacho se moría de hambre... ¡Es muy humano!».
Y fue el primero de julio de 1950. Como ya he indicado, era poco probable que la alarma contra incendios fuese reparada aquel día. Por la tarde pude estar seguro de ello, hacia las seis, cuando el viejo guía, una vez más, telefoneó a la fábrica en tono urgente. Le contestaron que lo sentían mucho, que estaban desbordados de trabajo y que hoy no podrían venir; pero que lo harían sin falta.
Aquel día acudieron un centenar de visitantes. Como las puertas se cerraban a las seis y media, la gente ya empezaba a retirarse. El viejo guía, terminada su jornada y habiendo ya llamado por teléfono, permaneció de pie en el umbral de la cocina, la mirada vaga, fija en el cuadro del huerto.
Lloviznaba desde por la mañana, clareando un poco de vez en cuando. Pasaba una brisa ligera y el tiempo no era muy bochornoso a pesar de que ya estábamos en julio. Aquí y allá, por todo el huerto bajo la lluvia, se veían flores de calabaza. En el otro extremo, sobre los dorsos negros y relucientes de los surcos, las plantas de soja sembradas a principios del mes pasado empezaban a brotar.
Cuando el viejo guía le daba vueltas a alguna idea que le bullía en la cabeza, su mandíbula iba y venía haciendo entrechocar su dentadura. Cada día repetía a los visitantes las mismas explicaciones, pero cada vez tenía más dificultad para controlar las palabras, a causa de su mala dentadura, que él no se tomaba ni siquiera la molestia de hacer arreglar a pesar de que todo el mundo le aconsejaba que lo hiciese... Con los ojos clavados en el huerto, el viejo refunfuñaba para sí mismo. Y además con intermitencias: a un gruñido se sucedía un entrechocar de dientes, al que seguía un nuevo gruñido. Debía rezongar a causa del timbre de alarma, cuya reparación no acababa nunca. Apenas se le entendía, pero creo que se lamentaba de que ya fuese demasiado tarde para repararlo —el timbre de alarma, sin duda, ¡a menos que no fuese su dentadura!
Por la noche, el Rokuonji recibió la visita de alguien que venía muy raramente: el padre Kuwai Zenkai, prior del templo de Ryuho, en la prefectura de Fukai. Era un compañero de seminario del padre Dósen. De lo cual resultaba que había sido también amigo de mi padre.
El Prior se hallaba ausente y fue prevenido por teléfono. Hizo responder que estaría de regreso alrededor de una hora.
El padre Zenkai había subido a Kyoto con la intención de pasar uno o dos días en el Rokuonji.
Mi padre me había hablado del prior Zenkai en varias ocasiones; siempre lo había hecho —me acordaba muy bien—, con placer y una afectuosa veneración. Tanto en lo físico como en lo moral, era el tipo característico de sacerdote Zen, viril y como tallado a hachazos. Con una estatura de casi dos metros, tenía la tez curtida y las cejas espesas. Su voz rugía como el trueno. Cuando uno de mis compañeros novicios vino a avisarme de que el padre Zenkai, mientras aguardaba al Prior, deseaba hablar conmigo, yo vacilé, temiendo que su mirada clara no penetrase lo que mi mente guardaba para aquella misma noche.
Le hallé sentado en el gran salón, con las piernas cruzadas, bebiendo sake que el ayudante había tenido la previsión de hacerle servir y masticando algunas raíces. Hasta entonces le había estado sirviendo mi compañero; yo me senté ocupando su puesto, erguido el busto, y me dispuse gustosamente a desempeñar mi papel de escanciador. Daba la espalda a la noche y a la bruma que descendía en silencio, de modo que el padre Zenkai
no tenía más que dos cosas tenebrosas en el campo que abarcaba su mirada: la noche en el jardín empapado de lluvia y mi rostro.
Pero él no era hombre que se dejase influenciar por esa clase de cosas. Era la primera vez que me veía; pero apenas me vio me dijo que me parecía mucho a mi padre; que la muerte de este último le había afligido profundamente, que yo ya estaba hecho un hombre... Y otras muchas cosas que iba desgranando, inagotablemente, con su voz sonora.
Había en él una simplicidad que no tenía el Prior, una fuerza de la cual mi padre estuvo desprovisto. Rostro curtido, desmesuradas fosas nasales, pliegues de carne doblando la encrespada maleza de las cejas y casi juntándose: se hubiera dicho una máscara de Obeshimi, esos grandes diablos del teatro No. Sus rasgos no eran nada regulares: había en él demasiada fuerza, y esa fuerza, a la menor ocasión, aparecía al desnudo arruinando todo lo que pudiese haber de regular en su rostro. Sus pómulos también surgían abruptos, como aquellas vertiginosas rocas de los pintores chinos de la Escuela meridional.
Con todo eso y con su voz atronadora, había en la persona del padre Zenkai una amabilidad que me alcanzó el fondo del corazón. No era una amabilidad corriente, banal, sino la que una gran raíz de rugosa corteza de un enorme árbol, a la entrada de un pueblo, ofrece a un viajero para que se repose. Una ruda amabilidad.
Yo permanecía atento, con miedo a que en aquella noche capital mi determinación se debilitase al contacto con aquella amabilidad. Por un momento tuve la sospecha de que tal vez el Prior había hecho venir al padre Zenkai por mí; pero era poco probable que le hubiese hecho venir de tan lejos sólo por eso. No; el padre Zenkai no era más que un singular huésped que el azar había traído aquella noche para que fuera testigo ideal del desastre.
El frasco de porcelana, de un tercio de litro, estaba vacío. Yo hice la reverencia ritual y me encaminé a la cocina. Cuando regresé con otro frasco, que había sido calentado hasta su grado conveniente de tibieza, me sentí, en el momento de servir, invadido por una impresión que nunca había conocido. Hasta entonces, nada me había inspirado jamás el deseo de hacerme comprender por los otros; pero esta vez deseaba ser comprendido por el padre Zenkai, sólo por él. Mientras le escanciaba de nuevo el sake, seguramente observó aquella luz distinta —una luz de sinceridad— que había brillado en mis ojos.
—¿Qué opina usted de mí? —le pregunté.
—¡Hombre! Tienes todo el aire de ser un buen estudiante, un estudiante serio. A qué género de disipaciones te dedicas para tu propio capote, eso lo ignoro. Pero dime, eso ya no debe ser como antes: sin duda vosotros no tenéis mucho dinero para dedicarlo a diversiones. Tu padre, el Prior y yo, cuando éramos jóvenes, ¡qué juergas nos corríamos!
—¿Tengo el aire de ser un estudiante como los demás?
—¡Seguro! Y eso es lo mejor... ¡Lo mejor! Porque la gente no sospecha de vosotros.
El padre Zenkai no era nada vanidoso. Los prelados de alto rango tienen todos el mismo defecto: el de negarse, cuando se solicita su sagacidad sobre los más diversos asuntos —desde el carácter de las personas hasta los libros, cuadros, antigüedades diversas—, a formular una opinión decisiva por temor a que luego se burlen de ellos si se han equivocado. Naturalmente, existe también el sacerdote Zen que resuelve la dificultad de inmediato y en forma dogmática, pero se las arregla para decir las cosas de una manera lo bastante imprecisa para que se pueda sacar una conclusión tanto en un sentido como en otro. El padre Zenkai no era de ésos; me daba perfecta cuenta de que él decía las cosas tal como las veía o las sentía. Él no buscaba ningún sentido particular en los objetos que reflejaba su clara y firme pupila. ¿Significaban alguna cosa? ¡Muy bien! ¿Nada? ¡Tanto
mejor! Y lo que hacía que yo encontrase maravilloso al padre era, más que nada, que cuando él miraba cualquier cosa —a mí, por ejemplo—, la veía como cualquier otro podría verla, sin pretender singularizarse gracias a cualquier descubrimiento que su ojo hiciera. Para él, el mundo puramente subjetivo no tenía ningún sentido. Yo le comprendía y me iba sintiendo poco a poco más a mis anchas. En la medida en que los demás me encontraran «como todo el mundo», yo era como todo el mundo, y podía cometer resueltamente los actos más extraños: no por ello sería menos «igual a los demás», como los granos de arroz pasados por el tamiz.
Sin saber cómo, me sentí convertido en una especie de apacible arbusto plantado delante del padre. Pregunté:
—¿Hay que vivir según la imagen que la gente se hace de uno?
—No es fácil. Pero si uno se arriesga a obrar de modo distinto, la gente se acostumbra a verle bajo ese nuevo aspecto. ¡La gente olvida en seguida, sabes!
—Pero, ¿cuál de mis dos «yo» sobrevive al otro? ¿El que quiere la gente o el que me figuro ser yo?
—Los dos tardan muy poco en desaparecer sin dejar rastro. Uno puede esforzarse en seguir persuadido de que continúa siendo el que era; llega un momento en que se acaba. Mientras el tren corre, los viajeros no se mueven, pero al llegar al final hay que continuar a pie. Correr tiene un fin, y descansar también. La muerte parece ser el último reposo, pero ¿cuánto tiempo dura? Nadie puede decirlo.
—Quisiera que pudiera usted leer en mí —dije al fin—. Yo no soy el que usted imagina. Se lo ruego. Lea usted en el fondo de mi alma.
Apurando su copa de sake, el padre Zenkai me miró intensamente. Un pesado silencio se abatió sobre mí, como la inmensa y negra techumbre del templo mojada de lluvia. Me estremecí. Y bruscamente, el padre, elevando su voz risueña, sorprendentemente clara, dijo:
—¡No vale la pena. Todo lo llevas escrito en la cara!
Tuve el presentimiento de haber sido penetrado hasta el fondo, hasta los más pequeños recovecos. Por vez primera en mi vida no sentía más que vacío en mi interior. Y como una sorda agua que lo llenara, el coraje para actuar brotó en mí, completamente nuevo.
El Prior regresó a las nueve. Como de costumbre, cuatro hombres salieron para hacer la ronda. No había nada anormal.
Los dos amigos bebieron sake juntos. Hacia las doce y media, uno de mis compañeros condujo al padre a su habitación. El Prior tomó un baño, lo que en el lenguaje del templo se llama «abrir las abluciones». A la una de la madrugada del 2 de julio, después que hubo pasado el vigilante nocturno y sus pasos se apagaron, la paz reinaba sobre el monasterio. La lluvia seguía cayendo sin ruido.
Una vez solo, permanecí sentado en mi cama valorando la masa de tinieblas posada sobre el Rokuonji. Iba creciendo insensiblemente en densidad y peso. Los montantes de madera y las tablas de la puerta de mi pequeña habitación adquirían un aire solemne al contener aquella marea de la vieja noche.
Mi lengua probó a tartajear alguna cosa. Como siempre, una sola palabra llegaba a mis labios, en mi suprema excitación —como cuando se hurga en un saco y se saca, enredado junto con otros, el objeto que se buscaba. La densidad y el peso de mi universo interior eran semejantes al de las tinieblas, y las palabras eran izadas rechinando como cubos que subieran pesadamente dentro de los pozos profundos de la noche.
«Ya no tardará mucho —me dije—. Un poco más de paciencia. Y la llave oxidada de la puerta que separa mi universo interior del mundo exterior dará una maravillosa vuelta en la cerradura. Una corriente de aire se establecerá entre los dos mundos, y ventilará libremente todo lo que hay dentro de mí. El cubo subirá, ligero, balanceándose como una pluma, y el mundo entero se abrirá frente a mí con una vasta llanura, y mi calabozo caerá convertido en polvo... Todo eso ya está a la vista... Al alcance de mi mano —que para conseguirlo no tiene más que querer...»
Me regocijaba, sentado en la sombra. Permanecí así durante una buena hora. Jamás en la vida había sido tan feliz. Y de repente me levanté.
Me deslicé furtivamente por detrás de la gran biblioteca, calzado con sandalias de paja que había preparado de antemano. Luego, pisando la escarcha, avancé a lo largo del foso, detrás del Rokuonji, en dirección a la carpintería. Sólo se veían piezas de madera, pero el serrín húmedo esparcía su olor por doquier. El lugar servía también para atar los haces de paja que eran comprados en cantidades de cuarenta a la vez; pero no quedaban más que tres; el resto había sido utilizado.
Me los llevé y volví bordeando el huerto. En la cocina reinaba un silencio absoluto. La rodeé para pasar por detrás del apartamento del ayudante. La luz de los lavabos se encendió de repente. Yo me incliné. Alguien se estaba aclarando la garganta; el ruido pertenecía a la garganta del ayudante. Después orinó. Interminablemente.
Temiendo que la paja se mojara, la protegí con mi cuerpo. Sobre la espesura de los matorrales agitados por la brisa flotaba un hedor de letrinas que la lluvia hacía todavía más penetrante.
El rumor de la orina cesó; oí unos pasos inciertos y luego un golpe seco: había cerrado el tabique. El ayudante no parecía estar muy desvelado. Reemprendí la marcha, con mis manojos de paja, hacia la biblioteca.
Sólo disponía de una cesta de mimbres y de una pequeña y vetusta valija para guardar mis cosas personales. Puesto que mi intención era quemar todo lo que me pertenecía, al anochecer había empaquetado libros, vestidos y ropa blanca. Quisiera que se prestara mucha atención a estos minuciosos preparativos. Todo lo que podía hacer ruido en el curso del transporte, como los corchetes de mi mosquitero —o aquello que, incombustible, habría dejado pruebas, como el cenicero, el vaso, la botella de tinta—, lo metí dentro de un almohadón, atado con un pañuelo de seda y puesto aparte. Aún había que dar a las llamas una almohada y dos colchas. Todo fue transportado, pieza por pieza, y amontonado detrás de la biblioteca. Entonces me deslicé detrás del Pabellón de Oro para desmontar la puerta de la cual ya he hablado y que da al norte.
Los clavos se dejaron arrancar uno tras otro sin dificultad: se hubiese dicho que estaban hundidos en la arcilla. Sostuve con todo mi peso la puerta que caía, y la húmeda cara de la madera podrida me acarició la mejilla con sus blandas hinchazones. No era tan pesada como me había supuesto. La dejé en el suelo, apoyada a la pared. Ahora podía ver el interior del Pabellón de Oro: estaba repleto de tinieblas.
El paso era lo bastante ancho para poder entrar de lado. Me introduje en la oscuridad. Se me apareció una cara extraña que me hizo estremecer de espanto: era mi propio rostro iluminado por la cerilla, cuya imagen me devolvía el cristal de la vitrina que cubría la maqueta.
El momento no era nada propicio, pero me absorbí en la contemplación de la miniatura del Pabellón de Oro, que bajo la luz de la cerilla abarquillaba sus formas temblorosas, su fina arquitectura llena de inquietud. Luego, de golpe, fue engullida por la oscuridad; la cerilla se había consumido.
En el extremo quedaba un punto rojo de ceniza. Sin saber muy bien por qué, imité —cosa extraña— al estudiante que había estado espiando en el templo de Myoshin: aplasté la cerilla con el pie. Luego froté otra. Pasando frente a la Sala de Sutras y de los Tres Venerables Budas, alcancé el arca de las limosnas con tapadera de cañizo; las sombras de los barrotes vacilaban al compás de la llama. Detrás del arca había una estatuilla de madera de Ashikaga Yoshimitsu, clasificado entre los tesoros nacionales. El personaje estaba sentado, con su hábito de bonzo de mangas desmesuradamente anchas. Sostenía de través, de la mano derecha a la izquierda, un cetro. Sus ojos estaban inmensamente abiertos y su menudo cráneo pelado al raso. Su cuello desaparecía bajo el de los sagrados ropajes. La luz de la cerilla hizo brillar sus pupilas, pero no me impresionó. Sombrío y melancólico, el minúsculo ídolo era inútil que se pavoneara en la morada construida por el hombre: hacía ya mucho tiempo, estaba claro, que él había renunciado a ejercer la menor autoridad.
Abrí por el oeste la puerta que conduce al Sosei. Esta puerta de dos hojas puede —como ya he dicho— abrirse desde el interior. Pese a la lluvia, había más claridad fuera. La puerta, mojada, ahogó un chirrido y dejó penetrar la noche azulada y traspasada de brisas. Yo me lancé fuera.
«La mirada de Yoshimitsu... Esa mirada de Yoshimitsu...» No pude dejar de pensar en aquella mirada durante todo el tiempo que empleé para dar la vuelta por detrás de la biblioteca. «Todo se desarrollará en presencia de esa mirada... De esa mirada que no puede ver nada... Esa mirada de testigo muerto...»
Corría. Algo hizo un ruido en el bolsillo de mis pantalones: la caja de cerillas. Parándome, introduje bajo la tapa de la caja una bola de papel—pañuelo y listo. Nada se balanceaba en mi otro bolsillo, que contenía el frasco de somníferos y la navaja envueltos en un pañuelo. Y naturalmente tampoco en el bolsillo de mi chaqueta, donde había amontonado los bollos, los dulces rellenos y los cigarrillos.
Luego puse manos a la obra como un autómata. Fueron necesarios cuatro viajes para trasladar hasta el Pabellón de Oro, ante la estatua de Yoshimitsu, todos los objetos apilados detrás de la biblioteca. Empecé por el colchón y la mosquitera, cuyos corchetes ya había arrancado. Después las dos colchas; y en seguida la valija y la cesta de mimbres. Finalmente los tres haces de paja. Lo amontoné todo revuelto, ajustando la paja entre la ropa de la cama y la mosquitera. La mosquitera parecía más combustible que todo lo demás y la desplegué a medias sobre los otros objetos.
Finalmente fui a buscar lo que no se quemaría. Pero esta vez llegué hasta el borde del estanque de agua, en la cara oriental del Pabellón de Oro. Justo frente a mí estaba el peñasco del islote Yohaku. Tuve grandes apuros para ponerme al abrigo de la lluvia bajo las ramas de un grupo de pinos.
El cielo relativamente claro plateaba la superficie del estanque. Pero había tal abundancia de algas que parecían la continuación de la tierra firme; hacía falta, aquí y allí, una grieta para saber que debajo había agua. La lluvia no tenía bastante fuerza para rizar la superficie; sólo formaba como una humareda, un agua pulverizada que empujaba hasta el infinito los límites del estanque.
Cogí un guijarro y lo dejé caer en el agua. El ruido repercutió de forma tan desmesurada que el aire del contorno pareció desgarrarse de pronto. Yo me encogí y me quedé quieto, como si quisiera borrar con mi silencio aquel ruido que inconscientemente acababa de producir.
Introduje la mano en el agua. Las tibias algas la enlazaron. Dejé caer los corchetes de la mosquitera; luego el cenicero, como si se lo confiara a las ondas para que lo lavaran;
tinieblas. Mientras tanto, a medida que se iba imponiendo en mi recuerdo la imagen de aquello y lo mismo el vaso y la botella de tinta. Uno tras otro, cada objeto desapareció en las profundidades. Junto a mí no quedaron más que la almohada y el pañuelo que habían sido su envoltorio. Sólo había que llevarlos ante la estatua de Yoshimitsu y prenderles fuego.
De repente sentí un hambre de lobo, y esta constatación, demasiado conforme con lo que había previsto, me dio hasta la obsesión el sentimiento de haber sido traicionado. Tenía un resto de bollo y dulces rellenos, mordisqueados la víspera: los ataqué vorazmente después de haberme secado la mano con la chaqueta. No sentí siquiera su sabor, y mi estómago gritaba su hambre y no tenía ningún interés por el sabor de las cosas. No había más que masticar, con toda la boca, con aplicación. Mi corazón latía de prisa. Cuando hube acabado con todo bebí un sorbo de agua del mismo estanque con el cuenco de la mano.
Ahora me encontraba en el umbral mismo de mi acto. Los interminables preparativos destinados a conducirme hasta él habían terminado. Todos. Yo estaba de pie en el borde más extremo: no tenía más que precipitarme. Un gesto de nada y listo.
Que entre mi acto y yo se abriese un anchuroso remolino capaz de engullir mi vida entera, es algo que ni siquiera afloró en mi espíritu. Estaba ocupado en la contemplación del Pabellón de Oro y darle el último adiós.
Sus contornos esfumados por la escarcha se distinguían mal en medio de la noche. Se erguía completamente negro, como un bloque de noche cristalizada. Esforzando mi vista, apenas si pude vislumbrar en lo alto el Kukyochó —que se adelgazaba de pronto—, el bosque de finos pilares del Hósuiin y del Choondó. Pero todos los detalles que en otro tiempo me habían emocionado, ahora se perdían en medio de las monocromas que para mí había sido la Belleza, la sombra se veía arrojada hacia atrás, como un telón de fondo sobre el cual mi espejismo pudiese dibujarse a placer. En sus formas, la negra silueta disimulaba enteramente lo que para mí era lo Bello. Gracias al poder de los recuerdos, las finas partículas de la Belleza empezaron a brotar, a lanzar destellos en medio de las sombras, primero una, luego otra, y en seguida por todas partes. Finalmente, a la luz de aquella extraña hora que no podía saberse si pertenecía al día o a la noche, el Pabellón de Oro fue precisándose progresivamente hasta quedar recortado, sorprendentemente nítido, dentro del campo de mi mirada. Jamás como en aquel instante su fina silueta me pareció tan perfecta, tan luminosa incluso en sus menores repliegues. Era como si yo hubiese adquirido de pronto el agudo sentido de los ciegos. Su propia luz le daba transparencia hasta tal punto, que incluso desde lejos distinguía los ángeles músicos pintados en el techo del Choondó, o los viejos fragmentos dorados de los muros del Kukyochó. La elegante fachada formaba con el interior un todo armonioso e indisoluble. A la primera ojeada se podía distinguir todo: la estructura del conjunto, el impecable dibujo del motivo principal, los efectos decorativos obtenidos con la minuciosa insistencia de los detalles que daban consistencia al motivo principal, los efectos de contraste y de simetría. Las plantas del Hósuiin y del Choondó, de la misma anchura, a pesar de una ligera diferencia, estaban resguardadas bajo el mismo profundo alero, semejantes en cierto modo, en su superposición, a dos sueños gemelos, a dos idénticos recuerdos de voluptuosidad: si uno parecía turbado ante la amenaza de olvido, el otro le confortaba gentilmente, de modo que el sueño se convertía en realidad y la voluptuosidad en arquitectura. Pero se les había cubierto con el Kukyochó, que rompía bruscamente aquel movimiento de mutua atracción y que, apenas se afirmaba, la realidad se derrumbaba y finalmente se sometía; subyugada por la noble filosofía de aquella tenebrosa y magnífica época. Y en todo lo alto del techo
cubierto de alfajías, el fénix de bronce dorado tocaba el firmamento de la Larga Noche de Ilusión.
Eso aun no había dejado satisfecho al arquitecto. En el lado oeste del Hósuiin había pegado el pequeño saliente el pabellón de pesca. Se hubiese dicho que el arquitecto juntó toda su fuerza artística para romper el equilibrio. El Sosei oponía a la masa del edificio una resistencia de orden. Pese a que no se adelantaba mucho por encima agua; parecía buir, huir infinitamente, lejos del corazón en el Pabellón de Oro. Como un pájaro elevándose de aquellas estructuras, escapaba a golpe de ala hacia el nivel del estanque hacia todas las cosas bajas de este mundo. Su cometido era tender un puente entre el orden que regía aquel y el mundo que era la negación del orden, como la concupiscencia. Sí, el alma del Pabellón de Oro empezaba en este Sosei tan parecido a un puente roto por la mitad; edificaba inmediatamente el palacio de doble piso, y luego regresaba otra vez al puente derrumbado para huir. Porque la prodigiosa sensualidad que flotaba sobre el estanque era la fuente culta que había construido el Pabellón de Oro. Pero esta fuerza, una vez disciplinada y dentro de la espléndida obra, se había visto en la imposibilidad de permanecer por tiempo en ella; y, no pudiendo hacer otra cosa, se había dado hacia su primera patria, al corazón mismo de los tilos bañados por una infinita sensualidad — hacia el estanque donde se miraba el Sosei.
Cada vez que yo había contemplado las brumas de la madrugada y las nieblas del atardecer estirándose perezosamente por encima de las aguas, me decía: «Aquí es realmente donde yace, sobreabundante, la fuerza sensual que edificó el Pabellón de Oro». No más rivalidades, contradicciones ni desacuerdos: la Belleza hacía reinar la armonía entre las diferentes partes — ¡y de que modo tan soberano! Como un libro sagrado donde minuciosamente; sobre el papel azul oscuro, cada carácter hubiese sido caligrafiado con un baño de purpurina de oro, así también todo eso había sido construido con purpurina de oro sobre el fondo de una inmensa tiniebla. Yo aún no sabía, sin embargo, si la Belleza se confundía con el mismo Pabellón o si era consubstancial a la nada de la noche que envolvía al Pabellón de Oro. Acaso era las dos cosas a la vez. Detalle y conjunto al mismo tiempo, Templo de Oro y noche circundante. Ante esta idea, el enigma que durante tanto tiempo me había atormentado estaba a mitad de camino de su solución. Lo presentía. Al examinar de cerca la belleza de cada detalle —columnas, balaustradas, batientes de las ventanas, puertas de madera labrada, oberturas ornamentadas, techo piramidal... (Hósuiin, Choondó, Kukyochó, Sosei) reflejos del estanque, archipiélago de islotes, pinos e incluso barcas amarradas—, y jamás la Belleza estaba toda incluida en un solo detalle, no terminaba en él; sino que en todos y cada uno se hallaba emboscado, latente, el cebo de la Belleza del detalle siguiente. La belleza de un detalle aislado no era más que una inquietud. Soñando con la perfección pero sin saber dónde terminaba, esa inquietud se veía imantada hacia la belleza vecina, que le era desconocida. Y estas recíprocas llamadas de una belleza que NO EXISTÍA EN NINGUNA PARTE, ni en un detalle ni en otro, era lo que constituía la profunda trama del Pabellón de Oro, que llamaba a la Belleza desde el límite de la no—existencia. ¡La Belleza estaba estructurada de nada! Estas partículas incompletas ocultaban naturalmente un cebo de la nada, y la delicada arquitectura, hecha de la más fina madera, temblaba por una especie de presentimiento de la nada, como tiembla al viento una guirnalda de fiesta.
Eso no impedía que jamás la belleza del Pabellón de Oro hubiese dejado de existir. En todas partes, a través de todos los tiempos, despertaba los más puros ecos. Igual que un enfermo afligido por un constante zumbido en los oídos, en todas partes yo había percibido la música del Pabellón de Oro y me había acostumbrado a ella. A esta belleza
habría que compararla con una campanilla de oro que durante cinco siglos y medio no había dejado de tintinear —o mejor a una pequeña arpa...
...¿Y si esta voz se callase para siempre?... Yo estaba muerto de cansancio.
Distinguía aún, limpiamente, el Templo de Oro de mis sueños emplazado sobre aquel que se levantaba en medio de las sombras. Todavía no se había desvestido totalmente de su fosforescencia. La balaustrada del Hósuiin, bordeando el agua, se retiraba con una extrema modestia mientras que, bajo el saliente del tejadillo, la del Choondó, sostenida por sus repisas indias, proyectaba como un sueño sus curvaturas hacia el estanque, como unos senos. La blancura del agua iluminaba el saliente de las techumbres, cuyo reflejo reproducía su inestabilidad. Cuando el Pabellón de Oro estaba inflamado por el poniente o inundado de luna, era el reflejo del agua el que le daba un extraño aspecto, algo que flotaba o que batía las alas. El temblor del agua distendía las robustas amarras de la compacta sombra y, en aquel mismo momento, uno se preguntaba si realmente el Pabellón de Oro no estaría hecho de materias en perpetua agitación, como el viento, las llamas o las olas.
Semejante belleza no tenía igual. Y ahora yo sabía de dónde me llegaba aquella extrema fatiga: esta Belleza tentaba su última suerte, me hacía sentir todo el peso de su fuerza, intentaba hacerme caer en las redes de aquella impotencia por la que tantas veces había yo sucumbido. Mis brazos y mis piernas perdieron sus resortes. No hacía ni un instante, el acto estaba a un paso de mí, al alcance de la mano; ahora, me batía en retirada; incluso estaba ya muy lejos.
«No tenía más que dar un paso, todo estaba preparado», murmuraba. «Este acto que tanto he soñado, este sueño que tanto he vivido, ¿es indispensable que se cumpla? En el estado en que ahora me encuentro, ¿no se habrá quedado inútil?... Kashiwagi tenía sin duda razón cuando decía que lo que hacía cambiar el mundo no era la acción, sino el conocimiento... Hay también el conocimiento que empuja a la acción hasta el límite extremo de la esencia de la acción. El mío era de ésos, y es este género de conocimiento el que le quita a la acción toda su eficacia. Entonces, mis largos, mis meticulosos preparativos, ¿sólo los había hecho para LLEGAR A TENER FINALMENTE CONOCIMIENTO DE QUE YO NO PODRÍA ACTUAR...?»
«...Sí, es eso; mi acto no sería más que las sobras. Mi acto ha desbordado mi vida, mi voluntad, y ahora está delante de mí, allá, separado, como una máquina de acero enfriada que aguarda a ser puesta de nuevo en marcha. Es como si entre él y yo no existiese ninguna conexión. HASTA ESTE MINUTO, ha sido mío; pero a partir de ahora ya no lo es... ¿Cómo puedo atreverme a no seguir siendo yo...?»
Me adosé al tronco de un pino. Su corteza fría y mojada actuó a modo de sedante. Sentí que aquel contacto, aquella sensación de frescor era 70. El mundo se inmovilizó y quedó como estaba. No más deseos: yo me hallaba en un perfecto estado de satisfacción.
«¿Qué hacer con esa espantosa fatiga? —pensaba—. ¿Acaso tendré fiebre? Me he quedado sin fuerzas; incluso mis manos me niegan todo servicio. Seguramente estoy enfermo.»
El Pabellón de Oro aún mantenía su fosforescencia. Me evocó el maravilloso paisaje que Shuntokumaru descubre durante la iluminación budista en la pieza del teatro titulada El sacerdote Yoro. A través de la noche de sus ojos muertos, Shuntokumaru ve los reflejos del poniente jugando con el mar de Namba; y ve también, bajo un cielo sin nubes, encendido por el sol del crepúsculo, las islas Awaji, Eshima, la rivera de Suma y de Akashi, hasta el mar de Kii.
Mi cuerpo estaba como paralizado, mis lágrimas caían en oleadas interminables. Me habría quedado allí sin moverme hasta la mañana: descubierto, no habría tenido ni una palabra para disculparme.
Hasta aquí he insistido mucho sobre la apatía de mi memoria, desde los años de mi
infancia. Pero hay que decir que un recuerdo repentino está cargado de un extraordinario poder de evocación. El pasado no se contenta con arrastrarnos hacia él. Entre todos nuestros recuerdos, hay algunos, desde luego pocos, que en cierto modo están dotados de poderosos resortes de acero, y cada vez que hoy los tocamos se sueltan inmediatamente y nos catapultan hacia el futuro.
Mientras mi cuerpo permanecía embotado, mi espíritu se divertía manipulando todos mis recuerdos. Reaparecían palabras en la superficie de mi memoria, y volvían a sumergirse: era como si los alcanzara con los dedos de mi espíritu y luego desapareciesen de nuevo. Estas palabras me hacían señas. Intentaban acercarse a mí, sin duda para estimularme.
«...Mira atrás, mira fuera: si nos volvemos a encontrar, ¡mata en el acto...!»
Sí, era la primera línea del famoso pasaje de la Ilustración popular, en el Rinzairoku; lo que seguía llegó por sí solo: «¡Si te cruzas con Buda, mata a Buda! ¡Si te cruzas con tu antepasado, mata a tu antepasado! ¡Si te cruzas con un discípulo de Buda, mata al discípulo de Buda! ¡Si te cruzas con tu padre y tu madre, mata a tu padre y a tu madre! ¡Si te cruzas con tu pariente, mata a tu pariente! Sólo entonces evitarás las trabas de las cosas, y serás libre...».
Estas palabras me sacaron de la impotencia en que había zozobrado. De repente sentí en todo mi ser una sobreabundancia de energía. Una parte de mí se obstinaba en repetirme que lo que iba a hacer ya era inútil; mi nueva fuerza no dudaba de esta inutilidad. Porque era inútil, tenía que actuar.
Recogí la almohada y el pañuelo, los enrollé juntos, me los puse bajo el brazo y me levanté. Miré el Pabellón de Oro. El deslumbrador templo se apagaba. Gradualmente, las sombras iban mordiendo las balaustradas y el bosque de columnas perdía poco a poco su claridad. La luz desertó de las aguas del estanque, y los reflejos, bajo los aleros, se apagaron. Muy pronto cada reflejo se encontró sumergido de nuevo en medio de una tiniebla negra como la tinta. Sólo quedó la silueta imprecisa, uniforme y negra, del Pabellón de Oro...
Eché a correr, di la vuelta al templo por el lado norte, sin un solo paso en falso; mis pies conocían el camino. Las sombras, a medida que me rozaban, se abrían ante mí; no tenía más que dejarme conducir.
Desde el Sosei salté al interior del Pabellón de Oro. Había dejado totalmente abierta la puerta oeste, de doble hoja. Arrojé sobre el montón de objetos apilados antes el paquete enrollado bajo mi brazo. Mi corazón latía alegremente. Mis manos mojadas tenían un leve temblor y las cerillas estaban húmedas. La primera no se encendió; la segunda se partió. Lo conseguí a la tercera, y la llama, que yo protegía con la mano, fue a través de los intersticios de mis dedos a lanzar destellos en la sala.
Luego tuve que buscar el sitio exacto donde antes había puesto la paja, pues ya no sabía dónde estaba. Cuando lo hallé, mi cerilla se consumió. Encogido, esta vez froté dos cerillas juntas.
La llama hizo surgir de la paja apilada unas complicadas sombras y esparció por todos lados deslumbrantes colores de tierras desoladas, propagándose en todas direcciones con una minuciosa aplicación. Y luego, en medio de una oleada de humo
desapareció. Pero resurgió lejos de mí, a una distancia que me sorprendió, hinchando la tela verde de la mosquitera.
Era como si en torno a mí, de repente, todo fuese presa de una alegre agitación.
Entonces me sentí de nuevo sorprendentemente lúcido. No siendo inagotable mi provisión de cerillas, corrí hacia otro rincón y prendí fuego a una brazada de paja, frotando la cerilla con precaución. La nueva llama me reconfortó: había sido mi especialidad, años atrás, cuando hacíamos fuegos de campamento con los compañeros.
Dentro del Hósuiin habían surgido inmensas sombras danzantes. En el centro, los tres Venerables Budas —Amida, Kannon, Seishi— se iluminaron con rojos fulgores. Las pupilas de Yoshimitsu llameaban y tras su espalda bailaba la sombra del ídolo.
Apenas notaba el calor. Cuando vi que el fuego se desplazaba activamente hacia el arca de las limosnas, me dije que todo iba bien.
Había olvidado completamente la existencia de mis somníferos y mi navaja. Como una inspiración repentina, me atravesó el deseo de morir envuelto en llamas y en medio del Kukyochó. Huí de la hoguera y subí las gradas de la estrecha escalera de cuatro en cuatro. Ni siquiera me sorprendí de que la puerta del Choondó, en el primer piso, estuviese abierta. El viejo guía se había olvidado de cerrarla.
El humo me perseguía, me hacía toser. Sin embargo aún miré la estatua de Kannon, atribuida a Keishin, así como los ángeles músicos del techo. El humo invadía progresivamente el Choondó. Escalé hasta lo alto del segundo piso y probé de abrir la puerta del Kukyochó. No lo conseguí. Estaba sólidamente cerrada.
Empecé a dar fuertes golpes a la puerta. Debía hacer un ruido infernal: sin embargo, ningún ruido llegaba hasta mis oídos. Redoblé la violencia. Me parecía que allí dentro tenía que haber quien me abriese.
Lo que anhelaba encontrar dentro del Kukyochó, en realidad, era un sitio para morir. Pero hostigado por la humareda, tenía la impresión de que todos mis furiosos golpes sobre la puerta eran otras tantas llamadas de socorro. De hecho, ¿qué había al otro lado del tabique?
Solamente una pieza de apenas nueve metros cuadrados. En aquel momento y en forma punzante, comprendí claramente que la pieza, a esa hora debía tener todas sus paredes recubiertas de una pátina de oro, mientras que las de fuera estaban casi todas descascaradas. No puedo explicar por qué aspiraba tan desesperadamente, esforzándome con golpes sobre la puerta, a entrar en aquella sala resplandeciente. Me decía que era preciso conseguirlo y que entonces todo sería perfecto. Pero primero era necesario encontrar el medio de entrar en la pequeña sala dorada...
Golpeé con todas mis fuerzas. No bastando mis puños, me lancé contra la puerta con todo el peso de mi cuerpo. Pero no cedió.
El Choondó estaba ya lleno de humo. Bajo mis pies oía crepitar el fuego. Me asfixiaba, estaba al borde del desvanecimiento. Tosía sin parar. No dejé de golpear ni un solo momento. La puerta no cedió.
En el instante en que tomé clara conciencia de que había chocado con una negativa, di media vuelta y volví a bajar precipitadamente al Hósuiin a través de torbellinos de humo, tal vez incluso de llamas. Llegué por fin a la puerta oeste y me aboqué fuera. Luego, sin saber dónde iba, me lancé a una desatinada carrera...
Corría. Sin tomarme el tiempo de respirar y a una velocidad tal que está por encima de la imaginación. Ni siquiera me acuerdo de los sitios por donde pasé. Debí tomar por la «Torre del Señor del Norte», salir por la puerta trasera, cruzar el Salón del Santo Protector Myoo, escalar la colina a través de las azaleas salvajes y los bambúes enanos y alcanzar la
cima de Hidari Daimonji. Sí, allí fue seguramente donde me dejé caer, en medio de los bambúes enanos y a la sombra de los pinos rojos, intentando calmar los locos latidos de mi corazón. Era la colina cuya vertiente norte protege al Pabellón de Oro.
Lo que me devolvió la clara conciencia de las cosas fue el piar de los pájaros asustados. Uno de ellos rozó mi rostro con un rápido batir de alas.
Recostado sobre mi espalda, contemplé el cielo de la noche. Una multitud de pájaros pasó rozando la copa de los pinos y lanzando gritos agudos, mientras que por encima de mi cabeza, como si jugaran, revoloteaban hacia el cielo algunas partículas de lo que parecían residuos de fuego.
Me senté y dirigí la mirada hacia el fondo del lejano valle, en dirección al Pabellón de Oro. Extraños ruidos llegaban hasta mí. Como explosiones de petardos. Como si una infinita multitud de personas reunidas hiciese crujir sus articulaciones.
No veía el Pabellón de Oro. Solamente volutas de humo, llamas que subían hacia el cielo. Nubes de chispas caían entre los árboles, y el cielo, por encima del templo, era como una constelación de granos de arena de oro.
Estuve contemplando este espectáculo largamente, con las piernas cruzadas. Cuando volví en mí descubrí que estaba lleno de ampollas y de arañazos y que mi sangre corría. También tenía sangre en los dedos: me había herido al golpear la puerta. Me puse a lamer mis llagas, como una bestia que ha escapado a sus perseguidores.
Hurgué en mi bolsillo y saqué la navaja y el frasco de somníferos envueltos en el pañuelo. Los tiré al torrente.
En el otro bolsillo, mi mano tropezó con el paquete de cigarrillos. Me puse a fumar. Me sentía con el espíritu de un hombre que, terminada su labor, echa un pitillo. Quería vivir.

martes, 22 de enero de 2008

RESPUESTAS A COMENTARIOS

LUIS.. SI LO ES, PROMETO AMPLIARTE MÁS INFORMACIÓN GRACIAS
CARLOS...GRACIAS POR TUS DATOS,LO TEMDRE ENCUENTA,SI NO TE MOLESTA AQUÍ DEJO LOS LINK PARA QUE OTROS AMIGOS LO LEA, AHORA... SI TE DA PROBLEMA QUE LO PONGA LO QUITAMOS OK
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