Este blog esta dedicado a todos los amantes de Yukio Mishima

viernes, 20 de abril de 2007

modo.
KIYOKO: Murió según sus deseos. Ahora lo comprendo claramente. Pero ¿por qué lo hizo? ¿De qué quería escapar tan desesperadamente como para preferir la muerte?
VENDEDOR: No creo que pueda contestar a esa pregunta.
KIYOKO: Estoy segura de que quería huir de mí. (Ambos permanecen en silencio.) ¿Qué puede haberlo impulsado? ¿Huir de mi hermoso y dulce rostro? ¿Quizás no pudiera aceptar otra belleza que la suya?
VENDEDOR: Usted no tiene de qué quejarse. Algunas mujeres pasan la vida lamentándose por sus feas caras. Todas añoran la juventud perdida. Usted tiene juventud y belleza y todavía se queja. Es pedir demasiado.
KIYOKO: Sólo él rehuyó mi juventud y mi belleza. Rechazó los dos únicos tesoros que poseo.
VENDEDOR: Yasushi no era el único hombre del mundo. Sea como fuere, sus gustos deben haber sido algo anormales. Un hombre como yo, de inclinaciones completamente sanas... (extiende la mano hacia ella).
KIYOKO (dándole un fuerte golpe en los dedos): ¡Basta! Ver traslucir el deseo en el rostro de cualquier hombre que no sea Yasushi, me produce náuseas. Es como si viera un sapo... Míreme bien. He envejecido, ¿no es cierto?
VENDEDOR: No me haga reír.
KIYOKO: Pero, ¿soy fea?
VENDEDOR: Si usted es fea es porque ya no quedan mujeres hermosas en el mundo.
KIYOKO: Ha fallado en las dos respuestas. Si me hubiera dicho que soy vieja y fea, quizás me hubiera entregado a usted.
VENDEDOR: Conozco un poco de psicología femenina. Se supone que ahora debería decir: «Aunque me muera, nunca podré decir una mentira tan insensata como la de sostener que es usted vieja y fea.» ¿Me equivoco?
KIYOKO: ¡Qué aburrido es usted! ¿Qué habrá en mi rostro como para atraer a hombres que no puedo soportar? Desearía arrancarme la piel con mis propia manos. Es la única fantasía que me queda. A veces pienso si Yasushi no me hubiera querido más de ser fea y desagradable.
VENDEDOR: ¡Qué delirios tiene la gente joven y hermosa! Me he inmunizado ya contra sueños tan absurdos. El descontento, señorita, es un veneno qne confunde todos los sanos principios del mundo y arruina la propia felicidad.
KIYOKO: ¡Descontento! ¿Cree usted que puede interpretarme con una palabra tan mezquina? No es ése el mundo en el que yo vivo. Algo había —un engranaje, quizás— que podría haber hecho posible el amarnos para siempre. Y lo he descubierto. Ese algo era mi cara convertida en una monstruosa fealdad.
VENDEDOR: El mundo está lleno de engranajes perdidos. Yo no comprendo su razonamiento, pero pienso, en lo que a este universo se refiere, que sigue girando plácidamente porque, aquí y allá, faltan algunos engranajes.
KIYOKO: Sin embargo, si mis sueños se volvieran realidad...
VENDEDOR: No por eso Yasushi volvería a vivir.
KIYOKO: Está usted equivocado. Pienso que sí.
VENDEDOR: No pida cosas imposibles. Ahora se está complaciendo en algo verdaderamente horrible y contrario a la naturaleza.
KIYOKO: A veces, hasta un pobre miserable como usted es capaz de decir algo inteligente. Tiene razón. Mi rival no era la señora Sakurayama. Era la naturaleza en sí misma. Mi hermoso rostro, el fragor de las hojas de los árboles bajo los que paseábamos, los pinos de graciosas formas, el azul del cielo después de las lluvias. Sí, todas las cosas simples eran enemigas de nuestro amor. Fue entonces cuando él me dejó y huyó a su armario, a un mundo pintado con barniz, sin ventanas y sólo alumbrado por una lamparilla eléctrica.
VENDEDOR: Supongo que por eso usted desea con tanta vehemencia comprar el armario... quiere recuperar dentro de él a su amante muerto...
KIYOKO: Sí, difundiré la historia, la contaré a todos aquellos que deseen comprarlo. Tengo que adquirir este ropero, y a mi precio: tres mil yens.
(Al terminar estas palabras, golpes y gritos inarticulados y semejantes al fragor de los tambores en una obra de teatro nö, se oyen hacia la izquierda. Sirven de acompañamiento al diálogo de la escena siguiente, mientras ambos discuten el precio del armario. Siguen surtiendo el mismo efecto de los ritmos nö.)
VENDEDOR: ¡Maldición! Ya empezaron los gritos de loco y el golpeteo de la fábrica. A veces los escucho cuando tengo clientes aquí y me ponen frenético. Uno de estos días tendré que comprar esa propiedad y librarme así de la fábrica. «El sonido de la producción», como lo llaman nuestros industriales. ¡Pobres tontos! Mientras vivan nunca entenderán el simple hecho de que un artículo sólo adquiere valor a medida que envejece y se vuelve inútil y obsoleto. Producen sus ordinarias mercaderías a grandes velocidades, y después de una vida acosada por la miseria, se mueren. Eso es todo.
KIYOKO: Ya se lo he repetido una y otra vez. Se lo compro por tres mil yens.
VENDEDOR: Tres millones de yens.
KIYOKO: No, no. Tres mil yens.
VENDEDOR: Dos millones.
KIYOKO (golpeando con el pie al ritmo nö): No, no. Tres mil yens.
VENDEDOR: Un millón de yens.
KIYOKO: No, tres mil yens.
VENDEDOR: Quinientos mil yens.
KIYOKO: Tres mil yens, tres mil yens, tres mil yens
VENDEDOR: Cuatrocientos mil yens.
KIYOKO: Cuando digo tres mil yens no quiero decir otra cosa.
VENDEDOR: Trescientos mil.
KIYOKO: Haga un esfuerzo. Un gran esfuerzo Acerqúese a mis posibilidades. Baje un poco sus precios. Se va a sentir maravillosamente bien cuando se decida a rebajar hasta alcanzar los tres mil yens. Vamos, sólo le costará unas pocas palabras. Tres mil yens.
VENDEDOR: Doscientos mil yens.
KIYOKO: No, no. Tres mil.
VENDEDOR: Cien mil yens.
KIYOKO: No.
VENDEDOR: Cincuenta mil...
KIYOKO: No, tres mil yens, tres mil yens, tres mil yens.
VENDEDOR: Cincuenta mil y no rebajaré un centavo más.
KIYOKO: Tres mil.
VENDEDOR: Cincuenta mil yens, cincuenta mil yens, cincuenta mil yens.
KIYOKO (algo más débilmente): Tres mil yens.
VENDEDOR: Cincuenta mil yens es mi último precio. No rebajaré un centavo más.
KIYOKO: ¿Sí?
VENDEDOR: Cincuenta mil yens, cincuenta mil yens, cincuenta mil yens.
KIYOKO (con un hilo de voz): No tengo tanto dinero.
VENDEDOR: Se lo estoy ofreciendo por lo que me costó. Si usted no posee esa cantidad la culpa no es mía.
(El ruido proveniente del costado izquierdo cesa por completo.)
KIYOKO: ¿Nada podrá hacer variar su opinión?
VENDEDOR: Cincuenta mil yens. Ésa es mi oferta final.
KIYOKO: No puedo pagarlos. Quise comprarlo para instalarlo en mi pequeño departamento y sentarme dentro de él, pensando y pensando, hasta sentir mi cara convertida en algo repugnante... Tal era mi sueño. Pero si no puedo lograrlo, me resignaré. (Camina lentamente hacia el armario.) Ni siquiera es necesario llevar este mueble hasta mi casa para que los celos y el dolor destruyan mi cara. Puedo dejarlo aquí.
VENDEDOR: ¿Qué va usted a hacer?
KIYOKO: Lo único que puedo decirle es que la próxima vez que me vea ¡se caerá muerto del susto!
(KIYOKO da media vuelta y se introduce en el armario. La puerta se cierra con un golpe lleno de terribles premoniciones. El VENDEDOR intenta abrirla infructuosamente.)
VENDEDOR: ¡Maldita sea! La ha cerrado desde dentro. (Golpea con todas sus fuerzas y no recibe respuesta. Una calma absoluta reina en el interior del mueble.) La muy desvergonzada, logró hacerme bajar la guardia y, por fin, ha concretado sus fines... No contenta con interferir en mi negocio y hacerme perder una fortuna, ahora quiere arruinar el armario. ¿Qué he hecho yo para merecer esto? ¡Maldita sea! (Apoya el oído contra la puerta.) ¿Qué podrá estar haciendo ahí dentro? Hoy es, sin duda, un día nefasto para mí. No se oye nada. Ni un solo ruido. Es como poner el oído sobre una campana. Las gruesas paredes de hierro son absolutamente silenciosas, aunque, a veces, puedan ensordecernos con sus vibraciones. Me imagino que no estará desfigurándose... No, eso no fue sino una amenaza y una estratagema para luchar con mi debilidad. (Apoya nuevamente el oído contra la puerta.) ¿Qué podrá estar haciendo? Tengo miedo. ¡Oh!... encendió la luz. Los espejos reflejan ahora su rostro en todas direcciones en el mayor silencio. Uy..., hay algo sobrenatural en todo esto... Pero si fue sólo una amenaza. (Como si tuviera una premonición.) Sólo una amenaza. No hay ninguna razón para suponer que ella lleve a cabo tan absurdo proyecto.
(Entra precipitadamente por la derecha el ADMINISTRADOR de la casa de apartamentos en la que vive KIYOKO.)
ADMINISTRADOR: ¿Ha venido aquí una bailarina llamada Kiyoko? Es una chica joven y linda...
VENDEDOR: ¿Kiyoko? ¿Y quién es usted?
ADMINISTRADOR: Soy el administrador de la casa en la que ella vive. ¿Está usted seguro de que no ha estado aquí? Si viene...
VENDEDOR: Tranquilo, tranquilo. No se excite. Si viene, ¿qué?...
ADMINISTRADOR: Su amigo, que es farmacéutico, me ha contado que ha robado una botella de ácido sulfúrico de su negocio.
VENDEDOR: ¿Ácido sulfúrico?
ADMINISTRADOR: Dice que salió corriendo con la botella en la mano. La he buscado por todas partes y un hombre recordó haberla visto entrar en su tienda.
VENDEDOR: ¿Ácido, dijo?
ADMINISTRADOR: No hace mucho se suicidó su amante. Uno nunca sabe qué puede suceder con una chica tan sensible. Eso es lo que me preocupa. ¿Supongamos que se lo tire a la cara a alguien?
VENDEDOR: ¿Ud. cree que lo haría? (Retrocede y, atemorizado, se cubre el rostro con las manos.) No, tiene pensada otra cosa. Va a desfigurar sus propios rasgos.
ADMINISTRADOR: ¿Qué?
VENDEDOR: Sí. ¡Qué horrible cosa! Una cara tan hermosa... Va a suicidar su rostro.
ADMINISTRADOR: Pero, ¿por qué?
VENDEDOR: ¿No comprende lo que estoy diciendo? (señala el armario). Kiyoko está allí. Ha cerrado con llave desde dentro.
ADMINISTRADOR: Esto es terrible. Tenemos que sacarla de ahí.
VENDEDOR: Esa puerta es sólida como una roca.
ADMINISTRADOR: Algo tenemos que hacer. (Golpea la puerta con fuerza.) ¡Kiyoko! ¡Kiyoko!
VENDEDOR: ¡Un rostro como el suyo se convertirá en el de una bruja! ¡Qué día aciago! (Se une a los golpes) ¡Salga! ¡Por favor, no nos cause problemas! ¡Salga!
ADMINISTRADOR: ¡Kiyoko, señorita Kiyoko!
(Un espantoso alarido se escucha desde el interior del armario. Los dos hombres se atemorizan en forma abyecta. Un silencio terrible. Finalmente, el VENDEDOR junta las manos en una inconsciente actitud orante. Parece que exprimiera cada palabra):
VENDEDOR: Le ruego que salga. El armario no tiene ya ninguna utilidad para mí. Puedo dárselo por tres mil yens. Se lo dejo en tres mil yens. Por favor, salga. (finalmente se abre la puerta con un chirrido estremecedor. El VENDEDOR y el ADMINISTRADOR caen de espaldas. Sale KIYOKO con el frasco en la mano. Su rostro no se ha alterado en lo más mínimo.) ¡No le ha pasado nada!
ADMINISTRADOR: ¡Gracias a Dios!
VENDEDOR: Gracias a Dios, un cuerno. Usted es una tramposa. No es lícito asustar a la gente de esta manera. Me podría haber dado un ataque de apoplejía. Y no es como para tomarlo a broma...
KIYOKO (con calma): No soy una tramposa. Pensaba realmente echarme el ácido en la cara.
VENDEDOR: ¿Por qué gritó, entonces?
KIYOKO: Encendí la luz, y al ver mi cara reflejada en los espejos que me rodeaban y los reflejos de los reflejos en otros espejos y mis facciones multiplicada, en forma infinita, tuve frío y miedo. No fuera que, entre tantos rostros míos, no apareciera también el de Yasushi.
VENDEDOR (temblando de nuevo): ¿Y apareció?
KIYOKO: No. Hasta los confines de la tierra, del mar, del universo sólo vi mi propia cara. Entonces abrí la botella y pensé en la posibilidad de que mi rostro desfigurado también se repitiera hasta el infinito Una fisonomía de bruja, cubierta de llagas...
VENDEDOR: ¿Fue entonces cuando gritó?
KIYOKO: Sí.
VENDEDOR: ¿Perdió en ese momento el coraje de arrojarse el ácido a la cara?
KIYOKO: No. Recuperé, más bien, la conciencia de las cosas y cerré nuevamente la botella, no porque hubiera perdido el coraje de hacerlo, sino porque comprendí que aun los terribles sufrimientos y celos por los que había pasado no bastaban para cambiar un rostro humano. Mi cara será siempre la misma, pese a lo que pueda suceder.
VENDEDOR: Es imposible ganarle a la naturaleza.
KIYOKO: No me siento derrotada. Me he reconciliado con ella.
VENDEDOR: Es un punto de vista muy apropiado.
KIYOKO: Me he reconciliado, verdaderamente. (Deja caer la botella al suelo y el VENDEDOR se apresura a arrojarla lejos.) ¿Estamos en primavera, no es cierto? Es la primera vez que lo advierto. Desde que Yasushi desapareció en este armario, las estaciones dejaron de tener significado alguno para mí. (Olfatea a su alrededor.) Sí, ha llegado la primavera. Hasta puedo olerla en esta vieja tienda enmohecida. ¿De dónde vendrá esta fragancia de tierra, plantas, árboles y flores? Los cerezos deben haber alcanzado su apogeo. Nubes de flores y, a lo lejos, los pinos. El verde intenso de sus ramas entre las flores etéreas. Los pájaros cantan (se escuchan trinos). Estos gorjeos atraviesan, como un rayo de sol, hasta los muros más gruesos. Aun aquí la primavera nos alcanza con una multitud de flores de cerezo y de pájaros cantarines. Las ramas están agobiadas por ellos y cierran los ojos, arrobadas por tan deliciosa carga. Y el viento... Puedo oler la fragancia de su cuerpo vivo en este viento. Lo había olvidado, ¡estamos en primavera!
VENDEDOR: ¿Tendría usted la amabilidad de pagarme el armario y de irse?
KIYOKO: Hace un momento me dijo que me lo dejaría en tres mil yens, ¿no es cierto?
VENDEDOR: No sea tonta. Era solamente en el caso de que su rostro estuviera desfigurado. El precio es aún de quinientos mil yens. No, seiscientos mil.
KIYOKO: No lo quiero entonces.
VENDEDOR: ¡No lo quiere!
KIYOKO: Exactamente. Ya no lo quiero. Véndaselo a algún rico tonto. Y no se preocupe que no voy a causarle más problemas.
VENDEDOR: No sabe cuánto se lo agradezco a Dios.
ADMINISTRADOR: Volvamos juntos al apartamento. Tiene que disculparse con su amigo el farmacéutico por haberlo preocupado tanto. Luego, le convendría irse a dormir. Debe estar agotada.
KIYOKO (tomando una tarjeta de su bolso): No, ahora tengo un compromiso.
ADMINISTRADOR: ¿Adónde va?
VENDEDOR (observando la tarjeta que tiene KIYOKO en la mano): ¿Con ese señor? ¿Ahora?
KIYOKO: Sí, con ese señor, ahora.
VENDEDOR: Si sale con él pasará un mal rato.
KIYOKO: No me preocupa. Suceda lo que suceda, nada puede molestarme ya. ¿Quién piensa usted que podría herirme?
ADMINISTRADOR: La primavera es una estación peligrosa.
VENDEDOR: Se hará daño, y su corazón quedará destrozado. Terminará por no sentir ya nada.
KIYOKO: Sin embargo, ningún acontecimiento podrá jamás cambiar mi rostro. (KIYOKO saca un lápiz de labios de su cartera, lo pasa por su boca y, volviendo la espalda a los dos hombres que la contemplan azorados, sale precipitadamente hacia la derecha, ligera como el viento.)

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